Toda
investigación, sobre la vida del Conde de Lautréamont
se vio siempre dificultada por factores externos, fortuitos y sobre
todo por factores internos, existentes en aquéllos que se
ocupaban de él. La angustia que condiciona esta situación
estaba ligada a los aspectos siniestros de su vida y de su obra.
El mismo Lautréamont advierte al decir en el primero de sus
poemas: “Plegue al cielo que el lector, envalentonado y sintiéndose
feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto
y salvaje, a través de los pantanos desolados de estas páginas
sombrías y llenas de veneno; porque de no emplear en su lectura
una lógica rigurosa y una tensión de espíritu
igual por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas
de este libro empaparán su alma como el agua empapa el azúcar.
No es conveniente que todo el mundo lea las páginas que van
a continuación; sólo algunos saborearán este
fruto amargo sin peligro. En consecuencia, alma tímida, antes
de internarte más en semejantes páramos inexplorados
dirige tus talones hacia atrás y no hacia adelante”.
Pero sin embargo la mayor responsabilidad de este rechazo del caso
Lautréamont recae sobre sus primeros críticos: León
Bloy y Remy de Gourmont. Ellos espantaron a los lectores y sin duda
influyeron también en el ánimo de los familiares en
el sentido de hacer desaparecer todo rastro del poeta. Alrededor
de Lautréamont se creó una atmósfera de terror,
de espanto, y su influencia satánica parece haberse ejercido
sobre algunos que se interesaron por su obra, ya que enloquecieron
o se suicidaron. El aspecto fantasmal fue reforzado de este modo.
Isidoro Ducasse que usó el seudónimo de Conde de Lautréamont
nació en Montevideo en el año 1846, vivió además
en Tarbes y en Pau, pasó por Buenos Aires, estuvo en Córdoba
y murió a los 24 años en París, en el año
1870.
Escribió unos poemas en prosa, “Los Cantos de Maldoror”,
y el prólogo a unas poesías.
Recordemos que Mallarmé nació en el año 1842,
Verlaine en 1844, Corbiere en 1845, Lautréamont en 1846 y
Rimbaud el más joven de este grupo en 1854. Lautréamont
publicó sus Cantos en el año 1868, es decir cinco
años después que Rimbaud publicara “Una temporada
en el infierno”.
El grupo perteneciente a la generación de 1914 tomó
a Lautréamont por estandarte, así nació el
movimiento surrealista que descartando primero a Baudelaire y luego
a Rimbaud –dice Marcel Raymond– prefirió por
gusto del escándalo y para decepcionar las admiraciones burguesas,
un Lautréamont genial y mitológico al cual presentó
como un arcángel enfurecido, lanzando blasfemias en una noche
apocalíptica.
Situado Lautréamont en el tiempo y en la historia de la literatura,
trataré de mostrar por qué su existencia fue reprimida
por su medio y cómo poco a poco, merced a la labor de muchos,
tal como un psicoanalista va venciendo las resistencias del enfermo,
se pudo traer a la conciencia de esta época algo de este
material previamente reprimido.
Y tal como sucede en las neurosis, lo reprimido tiende a volver
a la conciencia en forma disfrazada, como sucede por ejemplo, en
las fantasías, los mitos y las leyendas. Así surgió
la leyenda lautreamoniana.
León Bloy fue el primero en descubrir al Conde de Lautréamont
en el año 1890 es decir veinte años después
de su muerte. Este verdugo de la literatura contemporánea
–como lo llamaba un crítico de la época–
juzgó a Lautréamont de esta manera: “Considero
como un signo de este tiempo la reciente intromisión en Francia
de un libro monstruoso, casi desconocido, “Los Cantos de Maldoror”,
obra totalmente sin analogía y probablemente llamada a tener
resonancia”. Dice que el autor murió en un manicomio
y es ésta su única información. Duda de que
la palabra monstruoso sea suficiente para calificar la obra. Recuerda
–dice– a un espantoso polimorfo submarino a quien una
tempestad sorprendente hubiera arrojado a la ribera después
de haber zamarreado el fondo del océano. La blasfemia es
la obsesión permanente de Lautréamont.
“El signo incontestable del gran poeta –continúa
Bloy– es la inconsciencia profética, la turbadora facultad
de proferir sobre los hombres y el tiempo palabras inauditas cuyo
contenido ignora él mismo. Esta es la misteriosa estampilla
del Espíritu Santo sobre las fuentes sagradas o profanas.
Por ridículo que pueda ser hoy descubrir un gran poeta, y
descubrirlo en una casa de locos, debo declarar –dice Bloy–
en conciencia, que estoy seguro de haber realizado el hallazgo”.
León Bloy, el hombre que decapita por mandato de la ley –como
dice un crítico– es el voluntario verdugo moral de
esta generación; más que todo es un Monje de la Santa
Inquisición. Su juicio decidió el porvenir literario
de Lautréamont, pero sólo el porvenir inmediato y
obró como conciencia moral de su época, como elemento
represor, Lautréamont es un genio, pero es un genio loco,
hay que tener cuidado de él.
Podría explicarse justamente por este hecho, la influencia
posterior de Lautréamont, como todo elemento reprimido, no
perdió su fuerza por el hecho de ser inconsciente para sus
contemporáneos, sino por el contrario, desde allí
pujó por salir y expresarse de alguna manera. El surrealismo
es, a mi entender, la consecuencia de esta situación. Y la
prueba de la trascendencia inconsciente de Lautréamont.
El primero en darnos referencias verdaderas sobre la vida de Conde
de Lautréamont fue L. Genonceaux, editor de la primera edición
librada a la venta en 1890. Dice que en el transcurso del año
1869 el Conde terminaba los preparativos para la salida de su libro
y que cuando éste iba a ser entregado, el editor Lacroix
que era víctima constante de las persecuciones del Imperio,
suspendió la venta a causa de las violencias del estilo que
hacían peligrosa la publicación. El poeta mismo en
una de las cartas que envió a su editor había dicho:
“He hecho publicar una obra de poesías en lo de Lacroix.
Pero una vez que fue impresa, él se rehusó a hacerla
aparecer porque la vida estaba allí pintada bajo colores
muy amargos y él temía al Procurador General”.
Bajo la permanente insistencia del editor, Lautréamont hizo
algunas modificaciones en el primero de los Cantos parece ser que
posteriormente también en los demás; pero en 1870
estalló la guerra –dice Genonceaux– y el autor
murió bruscamente habiendo ejecutado sólo una parte
de las revisiones que había consentido hacer. La edición
preparada por el mismo Lautréamont quedó enterrada
en los sótanos de un librero belga quien tímidamente,
cuatro años después, es decir en 1874, hizo encuadernar
algunos ejemplares con un título y unas indicaciones anónimas.
Sólo algunos hombres de letras conocieron esos primeros ejemplares
motivo por el cual Genonceaux se decidió a hacer una reimpresión
en el año 1890.
El propósito del editor al publicar el prólogo es
–según dice– destruir una leyenda tejida alrededor
del Conde de Lautréamont y que tendía a demostrar
que se trataba de un alienado. Allí apunta, sobre todo, el
juicio de León Bloy. Los datos biográficos proporcionados
son de que el verdadero nombre del poeta es Isidoro Ducasse, que
nació en Montevideo el 4 de abril de 1850 –esta fecha
es errónea, pues nació en 1846– y que su manuscrito
fue remitido a la imprenta en 1868 pudiendo sostenerse que la completa
terminación de los Cantos data de 1867. Lautréamont
tenía entonces 21 años.
Genonceaux suministra datos sobre la fecha de la muerte, 24 de noviembre
de 1870, a las 8 de la mañana, en su domicilio de la Rue
du Faubourg Montmartre Nš 7. Fue enterrado en una concesión
temporaria del Cementerio del Norte el 25 de noviembre de 1870,
de donde fue exhumado el 20 de noviembre de 1871 para ser enterrado
de nuevo en otra concesión temporaria, lugar que fue tomado
tiempo después por la ciudad, ignorándose el paradero
de los restos del poeta. Genonceaux trató de hacer investigaciones
sobre la vida de Isidoro Ducasse y relata las múltiples dificultades
que tuvo, entre otras, con la Prefectura de la Policía para
obtener alguna información. Las que pudo obtener fueron que
Isidoro había ido a París con el objeto de seguir
los cursos de la Escuela Politécnica o la Escuela de Minas.
En 1867 ocupaba una pieza en un hotel situado en la calle de Notre
Dame de la Victoire Nš 23, y que vivía allí desde
su llegada de América. Aquí encontramos la primera
descripción del Conde de Lautréamont; según
ésta, era un joven alto, moreno, imberbe, nervioso, ordenado
y trabajador. Se cuenta que sólo escribía de noche,
sentado al piano; declamaba y construía sus frases acompañando
su prosopopeya con acordes. Este método de composición
causaba a la vez la desesperación de sus vecinos que al despertarse
sobresaltados –dice Genonceaux– no podían dudar
de que un extraño músico del verbo, un raro sinfonista
de la frase, buscaba, golpeando el teclado, los ritmos de su orquestación
literaria.
Otros datos que encontramos aquí es de que la familia del
Conde era de origen francés, que su padre era Canciller de
la Legación francesa en Montevideo, que la familia era pudiente
y que estaba en relación con un banquero de París
llamado Darasse, encargado de entregar mensualmente a Isidoro una
pensión.
Un año después, en 1891, Remy de Gourmont vuelve a
insistir sobre la presunta alienación del Conde de Lautréamont.
Lo define como un joven de una originalidad furiosa e inesperada,
un genio enfermo y más aún como un genio loco. Nada
se sabe, continúa Gourmont, de su corta vida, parece no haber
tenido relaciones en el mundo literario y los numerosos amigos citados
en sus dedicatorias llevan nombres que permanecen ocultos. Si los
alienistas hubieran estudiado este libro –dice-– habrían
designado a Lautréamont como un loco perseguido y ambicioso
que sólo ve en el mundo a sí mismo y a Dios, pero
Dios le estorba. Hasta entonces Lautréamont era desconocido
en América y fue Rubén Darío, en 1893, el encargado
de hacerlo conocer. Lo incluye entre sus “raros” junto
con Verlaine, Leconte de Lisle, Villiers de L‘isle Adam, León
Bloy, Richepin, Moreas, etc. Conoció Darío la obra
del Conde de Lautréamont a través de León Bloy,
y en Montevideo mismo, escribe que posiblemente el Conde de Lautréamont
sea sólo un seudónimo, dudando incluso de que fuera
montevideano. “Vivió desventurado y murió loco,
escribió un libro que es único, si no existiera la
prosa de Rimbaud: un libro diabólico y extraño, burlón
y aullante, cruel y penoso, un libro en que se oyen a un mismo tiempo
los gemidos del dolor y los siniestros cascabeles de la locura”.
Rubén Darío tradujo, además, uno de los Cantos
de Maldoror y, sin duda alguna, Leopoldo Lugones influido por esta
lectura, compone entre los 20 y 22 años, es decir, en 1897,
su poema titulado Metempsicosis. De esta manera el Conde de Lautréamont
se filtra en la literatura americana. Años después
Leopoldo Lugones pone voluntariamente fin a su vida.
Hace 25 años, Ramón Gómez de la Serna inventó
la más bella y exacta imagen del Conde Lautréamont.
A él debemos también el juicio más atinado
sobre la presunta locura de Isidoro. “Lautréamont –dice–
es el único hombre que ha sobrepasado la locura. Todos nosotros
no estamos locos, pero podemos estarlo. Él, con este libro
se sustrajo a esa posibilidad, la rebasó”.
Este
juicio tan acertado de Ramón Gómez de la Serna puede
ser perfectamente apoyado por la interpretación psicoanalítica
de la obra. De no haber escrito los Cantos de Maldoror que estaban
en él, hubiera enloquecido sin duda alguna; intentó
por medio de la creación poética un proceso de autocuración,
pero sus fantasías lo espantaron y finalmente cayó
víctima de su propia condenación.
La investigación sobre su vida, avanzó con increíble
lentitud. Sobre el lugar de su nacimiento nos informa el propio
Conde de Lautréamont en los Cantos de Maldoror, cuando dice:
“El final del siglo XIX verá su poeta, ha nacido en
las costas americanas, en la desembocadura del Plata, allí
donde dos pueblos rivales en otro tiempo –se refiere sin duda
a la guerra grande– se esfuerzan actualmente en superarse
por medio del progreso moral y material, Buenos Aires, la reina
del Sur y Montevideo la coqueta, se tienden una mano amiga a través
de las aguas argentinas del gran estuario”.
En
otra parte insiste sobre esto al decir: “No es el espíritu
de Dios el que pasa; no es sino el suspiro agudo de la prostitución
unido a los gemidos graves del montevideano. Niños, soy yo
quien os lo dice. Entonces, llenos de misericordia, arrodillaos
y que los hombres más numerosos que los piojos recen largas
oraciones”.
Dos
montevideanos, Gervasio y Álvaro Guillot Muñoz dan
en el año 1924 el paso más decisivo en la búsqueda
biográfica del Conde de Lautréamont al descubrir en
los archivos de la Catedral de Montevideo el acta de bautismo. El
15 de noviembre de 1847 fue bautizado Isidoro Luciano que había
nacido el 4 de abril de 1846, era hijo legítimo de Francisco
Ducasse y de Celestine Jaquette Davezac (1), nacidos ambos en Francia.
Los padrinos de Isidoro fueron Bernardo Luciano Ducasse, tío
de Isidoro, representado por Eugenio Baudry y la madrina Eulalia
Baudry. En diciembre del mismo año, los Guillot Muñoz
encuentran en los archivos de la Embajada de Francia en Montevideo,
el acta de nacimiento. Había nacido, como ya dije, el 4 de
abril de 1946 a las 9 de la mañana. La madre de Isidoro tenía
entonces 26 años y el padre 36, y era Canciller Delegado
del Consulado General de Francia. El acta de nacimiento está
firmada por Eugenio Baudry, Pedro Lafarge, Francisco Ducasse y Denoix,
gerente del Consulado. Recuerdan los Guillot Muñoz que el
subteniente Pedro Lafarge combatió en la Legión Francesa
durante el Sitio de Montevideo junto con Juan Davezac, tío
de Lautréamont y Luis Lacolley, abuelo materno de Jules Supervielle.
Aparecen así reunidos los familiares del Conde Lautréamont,
Lafargue y Supervielle, tres poetas nacidos en Montevideo que con
el andar del tiempo se reunieron en la historia de la literatura
francesa, figurando entre los más caracterizados representantes.
El padre de Isidoro, don Francisco Ducasse, había nacido
en Bazet, a 5 kilómetros de Tarbes el 12 de marzo de 1809.
Era hijo de Juan Luis Ducasse, llamado “El Maestro”.
La madre de Isidoro, Celestina Jaquette Davezac era de Sarguinet,
pequeña comunidad vecina a Tarbes donde don Francisco Ducasse
ejerció las funciones de maestro durante los años
1837, 1838 y 1839.
El padre de Lautréamont vivió en Montevideo hasta
su muerte ocurrida en el año 1889. Se lo describe como un
hombre de pequeña estatura que usaba barba, era elegante,
fino, burlón y escéptico, con una gran cultura literaria.
Frecuentaba el mundo diplomático donde se lo consideraba
como un hombre de fina espiritualidad. Antes de su matrimonio se
había ligado a Rosario de Toledo, bailarina muy popular en
Río de Janeiro en la época del Emperador Pedro II.
Al ser ésta abandonada por el Canciller enloqueció,
muriendo al poco tiempo.
Parece que don Francisco Ducasse se interesaba por los estudios
etnográficos y según cuentan los Guillot Muñoz,
habría emprendido en el año 1862 un viaje, visitando
Paraguay, Bolivia, Brasil y el Norte Argentino con el objeto de
realizar estudios sobre las tribus guaraníticas. En este
viaje, fue acompañado por Eugenio Baudry, padrino de Lautréamont,
teniendo éste que regresar antes que Ducasse. El padre de
Lautréamont entregó a Baudry los manuscritos, pero
éstos fueron quemados por los contrabandistas brasileños
que asesinaron y mutilaron horriblemente su cadáver En el
curso de este largo y penoso viaje, Francisco Ducasse contrajo un
paludismo, sufriendo fiebres intensas y crisis alucinatorias y se
dice que cuando leyó por primera vez los Cantos de Maldoror
quedó profundamente impresionado al descubrir grandes analogías
entre ciertas visiones de Maldoror y las alucinaciones que había
sufrido en plena selva. También se asegura que ni el viaje
ni el relato de la enfermedad habían sido conocidos por Lautréamont
que en esa época ya estaba estudiando en Francia.
De vuelta a Montevideo, Francisco Ducasse decide orientar sus inquietudes
en otra dirección. Funda entonces una escuela de lengua francesa
donde dictó él mismo cursos de filosofía, exponiendo
la influencia de Augusto Comte y del positivismo fuera de Francia,
como así también las ideas morales de Edgard Quinet.
Después de los Guillot Muñoz, otro escritor uruguayo,
Edmundo Montagne, en los años 1925 y 1928, proporciona datos
sobre la vida de Isidoro Ducasse. Conocí a Montagne en el
Hospicio de las Mercedes donde estuvo internado por sufrir intensas
depresiones; vivía permanentemente torturado por remordimientos,
el problema del bien y del mal era su obsesión. Me habló
de Lautréamont con mucho entusiasmo y sentía el gran
orgullo de que su tío don Prudencio Montagne fuera el último
sobreviviente de los que habían conocido en persona a Isidoro.
Aliviado de sus depresiones salió del Hospital hasta que
poco tiempo después volvió reagravado. Al día
siguiente de verlo, durante la noche, se colgó con una sábana.
Edmundo Montagne había escrito a su tío Prudencio
pidiéndole antecedentes sobre la vida de los Ducasse en Montevideo.
De este modo se pudo saber que cuando el padre del poeta murió,
se alojaba en el Hotel de las Pirámides, que tenía
fortuna, que era jubilado como Canciller, que vestía siempre
de levita y usaba galera de felpa y que los domingos acostumbraba
almorzar en familia con los Montagne.
Cuando murió Ducasse –dice don Prudencio Montagne–
tenía yo 30 años. Hasta entonces iba al hotel a verlo
una o dos veces por semana, a eso de las 4 de la tarde para tomar
mate con él y cebado por mí. Éramos dos grandes
materos. Murió dos días después de mi última
visita y el dueño del hotel, M. Haurie, me lo hizo saber
y le mandé una corona de flores, que fue la única
que tuvo el finado. Francisco Ducasse fue casado, pero parece que
su mujer murió al poco tiempo de nacer Isidoro. Respecto
de ella –continúa don Prudencio– no sé
nada, no la conocí, no existía en mis tiempos. En
cambio conocí a Isidoro Luciano Ducasse, a quien llamaban
Isidoro. Era un muchacho lindo pero sumamente travieso, barullero
e insoportable, nunca oí hablar a nadie de las obras literarias
de Isidoro y si él las publicó entre 1868 y 1870 tendría
yo de 10 a 12 años. Entonces, ni cuando fui hombre oí
hablar de esos Cantos. Lo único que me dijo una vez el viejo
Ducasse después del año 1875, fue que Isidoro había
muerto en el 70, yo creí siempre que hubiera sido en la guerra.
Don Prudencio había conocido a Lautréamont en la casa
paterna de la calle Camacuá frente a la de La Brecha. La
calle Camacuá donde se presume que nació Lautréamont
fue, muy posteriormente, el lugar donde la prostitución sentó
plaza en Montevideo. Recordemos lo que dice en su primer Canto:
“He hecho un pacto con la prostitución a fin de sembrar
el desorden en las familias”. En la actualidad no existen
rastros de la casa, fue demolida y la Rambla Sud ocupa su lugar.
En relación con la demolición de la casa, la desaparición
de la calle Camacuá y el deseo de rendir un homenaje a Lautréamont,
algunos poetas uruguayos entre ellos Juan C. Welker que era además
diputado, presentó en el año 1926 un proyecto tendiente
a dar el nombre de Lautréamont a una calle de Montevideo.
Este proyecto fue aprobado pero nunca se llevó a ejecución.
Welker en la exposición de motivos dice: “Como una
eterna corriente constructora las modernas inquietudes de Freud,
de Bergson y de Proust en el arte, Lautréamont, el uruguayo
estupendo, es la fuerza fermentadora y dominante de la emoción
presente en la literatura”. Poco tiempo después Welker
murió loco, no volviéndose a hablar más del
asunto.
El Conde de Lautrémont nació durante el Sitio de Montevideo,
que duró desde el año 1843 hasta el año 1851.
Sintió desde la cuna –dice Leandro Ipuche–, la
fusilería, el cañón, la metralla, los desafíos,
las alertas, las patrullas y los homenajes con tambor apagado. Durante
sus cinco primeros años habrá oído relatos
de degollinas, y descuartizamientos, cuyas víctimas eran
muchas veces amigos de su padre. Habrá leído años
después “Montevideo o una Nueva Troya”, de Alejandro
Dumas. Este libro escrito en París y dictado por Pacheco
y Obes a Dumas con el propósito de mover la opinión
pública en favor de los sitiados, es un libro falso en muchos
aspectos desde el punto de vista histórico, pero representa
sin embargo una realidad subjetiva. Creo que es así cómo
el niño Isidoro habrá vivido el clima del sitio de
su ciudad natal y no dudo de que posteriormente habrá sido
una de sus primeras lecturas. La atmósfera sádica
y traicionera del sitio, con sus decepciones, sus luchas intestinas,
resentimientos y traiciones configuran sus primeras experiencias
y su concepción de la vida. Cuántas veces habrá
oído contar el martirio sufrido por Mirquete y Etcheverry
en manos de las fuerzas de Oribe y de Rosas. Desposeídos
de sus ropas –dice un cronista– recibieron un golpe
de lanza y luego fueron paseados desnudos por el campamento donde
se les hizo objeto de los mayores ultrajes. Luego fueron atados
de pies y manos, se les abrió el cuerpo longitudinalmente,
se les arrancó las entrañas y el corazón, y
se les mutiló en forma vergonzosa. Se les arrancó
trozos de piel de los costados para hacer maneas de caballos y por
fin se les cortó la cabeza y se les dejó expuestos
en el medio del campo. La historia de la Legión Francesa
que intervino en la defensa de Montevideo está llena de escenas
semejantes. Y junto a eso, el hambre, la miseria, los negociados,
las acusaciones y la triste historia de la intervención extranjera
en el Río de la Plata, las misiones inglesas y francesas,
y la misión de Pacheco y Obes a París. Pero de todas
las misiones fue sin duda la del Conde Walewsky, hijo de Napoleón
I, la que quedó más grabada en el recuerdo de los
franceses del Río de la Plata. Los Ducasse sentían
una gran admiración por la familia Bonaparte y sospecho que
el título de Conde tomado para su seudónimo está
basado en una identificación con el Conde Walewsky. Según
Robert Desnos, Isidoro tomó su seudónimo de una novela
de Eugenio Sue titulada “Latreamont”. Creo, sin embargo,
mucho más lógico suponer que deriba del propio nombre
de su ciudad natal, Mont de Montevideo. El significado total sería
Conde del otro monte, del otro Montevideo. Es curioso hacer notar
que esta influencia de la familia Bonaparte pudo también
condicionar el hecho de que el desenlace de los Cantos de Maldoror
se lleve a cabo en la Place Vendôme donde está la estatua
de Napoleón y en el Panteón donde están sus
restos.
Esto es todo cuanto podemos suponer de la infancia de Isidoro Ducasse
hasta la edad de 14 años, es decir, 1860, época en
que ingresa al Liceo Imperial de Tarbes. Los datos sobre su adolescencia
encontrados por Alicot en 1928, arrojan alguna luz sobre esta época
de su vida. En el Liceo Imperial de Tarbes permanece los años
1860, 61 y 62, es decir, hasta los 16 años; allí es
un mediocre alumno, obtiene algunos premios en cálculos,
dibujo y versión latina, figurando dos veces en el cuadro
de honor de la clase. En 1863 ingresa en el Liceo de Pau donde sigue
cursos durante los años 1863, 64 y 65. Se inscribe en Retórica
y Filosofía siendo allí un mal alumno. A los 19 años
va a París a inscribirse en la Escuela Politécnica.
Los amigos, condiscípulos y maestros de Lautréamont
figuran en el prólogo de sus poesías, la dedicatoria
dice: “A Georges Dazet, Henri Mue, Pedro Zurmarán,
Louis Durcour, Joseph Bleumstein, Joseph Durant, Paul Lespes, George
Minvielle, Auguste Delmas. A los Directores de Revistas, Alfred
Sircos, Frederic Damé. A los amigos pasados, presentes y
futuros. A Monsieur Hinstin, mi antiguo profesor de Retórica,
están dedicados, de una vez por todas, los prosaicos fragmentos
que escribiré en la sucesión de las edades, y de los
cuales, el primero comienza a ver hoy el día, tipográficamente
hablando”.
François Alicot prosigue su investigación tratando
de identificar a los amigos de Isidoro: dos de ellos, Paul Lespes
y George Minvielle darán los datos más concretos sobre
la vida del poeta. Henri Mue, Georges Dazet y A. Delmas fueron sus
condiscípulos en Tarbes. Georges Dazet es el único
amigo de Lautréamont que figura en la primera edición
del primer canto de Maldoror. Dice así: “¡Ah,
Dazet, tú, cuya alma es inseparable de la mía; tú,
el más bello de los hijos de la mujer, aunque adolescente
todavía, tú, cuyo nombre se parece al más grande
amigo de juventud de Byron, tú, que albergas noblemente…”
En la edición completa de los cantos, de 1869, este párrafo
está reemplazado por éste: “¡Oh pulpo
de mirada de seda! Tú, cuya alma es inseparable de la mía;
tú, el más bello de los habitantes del globo terrestre
y que manejas un serrallo de cuatrocientas sanguijuelas; tú,
que albergas noblemente…” Más adelante, en el
primer canto vuelve a referirse a Dazet cuando dice: “Que
se aparte de mí este ángel de consuelo que me cubre
con sus alas azules. Véte, Dazet, que quiero morir tranquilo.
Pero, por desgracia era solamente una enfermedad pasajera, siento
asco de volver a la vida. Yo te agradezco, ¡oh!, de haberme
despertado con el movimiento de tus alas, tú, cuya nariz
tiene encima una cresta en forma de herradura; me apercibo, en efecto,
que sólo era por desgracia una enfermedad pasajera y siento
asco de renacer. Unos dicen que tú venías hacia mí
para chuparme el poco de sangre que aún se encuentra en mi
cuerpo: ¡por qué esta hipótesis no es una realidad!”
El nombre de Dazet desaparece en la edición completa de los
Cantos de Maldoror, nos queda la impresión de que fue su
más íntimo amigo; más tarde llegó a
ser un brillante abogado de los tribunales de Tarbes y murió
mientras desempeñaba un cargo en la magistratura, así
como otro de los amigos, Henri Mue de Toulouse. Sus otros condiscípulos,
eran Joseph Bleumstein, del que sólo se sabe que era de Buenos
Aires y Pedro Zurmarán, de quien sospecho que podría
pertenecer a la familia del doctor Pedro Sáenz de Zurmarán
de Montevideo, a quien Isidoro envió con dedicatoria desde
París uno de los ejemplares de Maldoror llamándolo
“mi protector”.
Monsieur Hinstin “Mi antiguo profesor de Retórica”,
como dice en su dedicatoria, fue profesor del Liceo de Pau durante
los años 1863 a 1866, desde donde pasó a Lyon. Fue
un antiguo alumno de la escuela de Atenas.
Más recientemente, Court Müller, en 1939, dio con el
paradero de Damé y Sircos, los directores de revistas citados
en el prólogo de las poesías. Así se supo que
Frederic Damé fue secretario de Tirard, intendente del segundo
distrito de París en el año 1870, distrito donde Lautréamont
vivió los últimos años de su vida. Damé
publicó tratados de filología y algunos poemas. La
revista literaria “L‘Avenir” redactada por él,
no contiene ninguna alusión a la obra de Lautréamont.
Alfred Sircos, el otro de los directores de revista citados, fue
director de las revistas “L‘Union des Jeunes”
y de “La Jeunesse”. Este fue más consecuente
con su amigo, ya que en la segunda de las revistas mencionadas se
puede leer la primera crítica hecha sobre el primero de los
Cantos de Maldoror en septiembre de 1868, está firmada “Epistémon”,
probablemente un pseudónimo de Sircos, llama a Lautréamont
“Primo de Childe Harold y de Fausto, conoce a los hombres
y los desprecia”.
Este comentario es el único aparecido en vida del poeta,
y hasta 1890 en que León Bloy lo descubre, su obra había
pasado inadvertida.
Con respecto a los otros dos amigos que quedan nada se ha podido
averiguar de Louis Doucour y de Joseph Durant se cree que tomó
parte activa durante la Comuna y que después tuvo que salir
de Francia, desconociéndose su paradero.
El único sobreviviente en el año 1928 era Paul Lespes,
que fue entrevistado por François Alicot. En esta época
era un hombre de 81 años, Consejero Honorario del Tribunal
de Apelación de Pau y dotado aún de una memoria extraordinaria.
Cuenta Lespes que conoció al Conde de Lautréamont
en el Liceo de Pau en el año 1864 y que con Georges Minvielle
eran sus mejores amigos. Con gran penetración psicológica,
este anciano hizo un retrato de Isidoro. Era, dice, un joven alto,
delgado, la espalda un poco encorvada, el tinte pálido, los
cabellos siempre largos y cayéndose de su frente, tenía
una voz destemplada. Su fisonomía no era nada atractiva y
estaba habitualmente triste, silencioso, como replegado sobre sí
mismo.
En la sala de estudios pasaba horas enteras con los codos apoyados
en el pupitre, las manos sobre la frente y los ojos fijos sobre
un libro clásico que no leía. Parecía sumergido
en sus fantasías; sus amigos, Lespes y Minvielle estaban
convencidos de que tenía nostalgias de Montevideo y que sus
padres debían hacerlo llamar. En clase parecía a veces
interesarse vivamente en las lecciones de geografía e historia,
gustaba de Racine y Corneille, pero sólo se lo veía
entusiasmarse con “Edipo Rey” de Sófocles. La
escena en la cual Edipo conoce al fin la terrible verdad y lanza
gritos de dolor, con los ojos arrancados, mientras maldice el destino,
le parecía de una extraordinaria hermosura, lamentándose,
sin embargo, que Yocasta no hubiera llevado al paroxismo el horror
trágico, matándose a la vista de los espectadores”.
Admiraba a Edgar Allan Poe, de quien había leído muchos
de sus cuentos antes de la entrada al liceo, es decir, antes de
los 16 años. Sus compañeros habían visto también
en sus manos un libro de poesías, Albertus, de Teófilo
Gautier. Se lo consideraba en el liceo como un espíritu fantástico
y soñador, pero en el fondo, dice Lespes, era un buen muchacho,
no pasando de un nivel medio de instrucción debido al retardo
de sus estudios. Una vez Lautréamont les mostró a
sus condiscípulos algunos versos, que les parecieron de un
ritmo extraño y de pensamiento oscuro.
Otro rasgo que destaca el condiscípulo era la obstinación.
Muchas veces ni quería ceder en sus antipatías y desprecios
por haber emitido con anterioridad un juicio desfavorable sobre
alguna obra. Sufría de intensas jaquecas que influían
en su estado de ánimo, haciéndolo en estos momentos
muy irritable. Uno de los paseos preferidos de los alumnos del liceo
era bañarse en un arroyo cercano, donde Lautréamont
aprovechaba para demostrar sus condiciones de excelente nadador,
quizá otro rasgo de la identificación con Byron. Un
día dijo a sus amigos: “Tengo que refrescar más
a menudo mi cabeza en esta corriente”, refiriéndode
a sus jaquecas y malestares. Cuenta Lespes que a fin del año
escolar de 1864, el profesor Hinstin le había reprochado
duramente sus extravagancias de estilo a propósito de un
discurso. Por la descripción que hace Lespes aparece aquí
de lleno el pensamiento del Conde de Lautréamont, Maldoror
ya estaba en él. El discurso, dice Lespes, fue inolvidable
para todos sus compañeros, fue una exageración extrema
de su forma habitual de escribir, su imaginación no respetó
más límites, dando rienda suelta a un pensamiento
hecho de imágenes acumuladas, de metáforas incomprensibles
y oscurecido aún más por invenciones verbales y formas
de estilo que no respetaban siempre la sintaxis. El profesor de
retórica creyó en un primer momento que se trataba
de una broma de Isidoro y el castigo que recibió éste
lo hirió profundamente.
En el liceo, según cuenta su condiscípulo, no habría
demostrado ninguna aptitud para las matemáticas y la geometría,
hecho curioso porque uno de sus más bellos poemas se refiere
a ellas. El poema 24, del segundo canto, dice: “Oh, severas
matematicas, no os he olvidado desde que vuestras sabias lecciones,
más dulces que la miel, penetraron en mi corazón,
como una oleada refrigerante; aspiraba yo instintivamente desde
la cuna a beber en vuestra fuente, más antigua que el sol,
y sigo aún pisando el atrio sagrado de vuestro templo solemne,
como el más fiel de vuestros iniciados”.
Cuenta su condiscípulo que la gran vocación de Lautréamont
era la historia natural, dato importante que aclara en algo la importancia
que tuvo el mundo animal en los Cantos de Maldoror. Gaston bachelard,
en su ensayo titulado “El bestiario de Lautréamont”,
hace notar que éste cita 185 nombres de animales diferentes.
Sabiendo Isidoro que sus amigos Lespes y Minvielle eran entusiastas
cazadores, les interrogaba sobre las costumbres de los animales
y especialmente sobre el vuelo de los pájaros.
No he visto a Ducasse –dice Lespes– desde su salida
del Liceo en 1865, hasta que años después recibí
los Cantos de Maldoror (primera edición) en Bayona, sin ninguna
dedicatoria; pero el estilo, las ideas extrañas que se entrechocaban
como en una refriega, me hicieron pensar que Ducasse era el autor.
Minvielle había recibido un ejemplar en las mismas condiciones,
F. Alicot preguntó a Lespes si no creía que los Cantos
de Maldoror eran una mistificación, una broma o befa de un
escolar. Lespes manifestó que no creía que esto fuera
así: “Su actitud era distante, si puedo emplear esta
expresión, una especie de gravedad desdeñosa y una
tendencia a considerarse como un ser aparte. Nos formulaba a quemarropa
preguntas oscuras y a las cuales teníamos grandes dificultades
para contestar”. “Sus ideas, sus formas de estilo que
tanto irritaban al profesor de Retórica y todas sus extrañezas
nos inclinaban a creer que su mente carecía de equilibrio.
La “loca de la casa” se reveló íntegramente
en su discurso donde había tenido ocasión de acumular
con un lujo aterrador los más horrorosos epítetos
e imágenes de la muerte. Huesos rotos, vísceras colgantes,
carnes sangrantes e hirvientes”. Fue el recuerdo de ese discurso
que le hizo pensar que Isidoro era el autor de los Cantos de Maldoror.
En el Liceo se consideraba a Ducasse como un buen muchacho, pero
un poco “tocado”. No era amoral ni tampoco un sádico.
J. Minvielle dijo a Lespes al recibir el libro: “Te acuerdas
de su discurso. Él tenía una araña en el cielorraso,
pero ella ha crecido mucho”. Para sus compañeros de
colegio la inspiración y la originalidad del estilo de Ducasse
se relacionaban con una configuración mental particular.
Lespes no se atreve a pronunciar la palabra loco. Seguramente teme
equivocarse. Han pasado muchos años y la obra de Lautréamont
es juzgada de otra manera.
También Lespes nos informa sobre las influencias que se ejercieron
sobre Ducasse creyendo que son predominantemente los clásicos,
Gautier, Shakespeare, Shelley, pero sobre todo Byron, que fue gran
inspirador. Concluye diciendo que los Cantos de Maldoror son una
obra sincera, fruto doloroso de un cerebro exaltado y lleno de imágenes
negras.
Con la descripción hecha por Lespes nos ponemos por primera
vez en presencia del Conde de Lautréamont. Su conducta y
las características que sus compañeros de Liceo le
adjudican, son el primer paso hacia una comprensión de su
obra basándose en datos biográficos auténticos.
No cabe ninguna duda que Maldoror, el personaje de sus Cantos, estaba
ya presente y que los poemas que leyó y el discurso pronunciado
en la clase del profesor de Retórica tienen relación
y continuidad con su obra posterior. La imagen que nos queda es
la de un joven alto, pálido, delgado, ligeramente encorvado,
con el cabello sobre la frente, triste, inmaduro, orgulloso, que
se interesa por el vuelo de los pájaros, que lee Byron y
Edgar Poe. El Conde de Lautréamont no se contentaba con saber
el final de Yocasta sino que prefería que ésta se
matara frente a los espectadores. Este dato adquiere importancia
posteriormente cuando se conocen las circunstancias de la muerte
de la madre que sin duda se suicidó cuando él tenía
un año y ocho meses. Es casi seguro que Isisdoro sintió
curiosidad por conocer las circunstancias de la muerte de su madre,
la pérdida de ésta en una edad tan temprana constituyó
una frustración tan intensa que puede considerarse como una
de las fuentes de la génesis de su resentimiento.
Hasta hace algunos años había sido imposible encontrar
un documento gráfico de la persona física de Isidoro
Ducasse, ningún retrato, ninguna fotografía, hasta
que Álvaro Guillot Muñoz encontró en casa de
una parienta lejana de Isidoro una fotografía del poeta,
que sería la única que se conoció. Allí
aparentaba tener de 18 a 20 años, tenía un aire adolescente
de montevideano, dice Ipuche. Pero la mano encargada de hacer desaparecer
todo aquello concerniente al Conde de Lautréamont actuó
aquí por medio de la Policía de Montevideo, que al
practicar un allanamiento de la casa de los Guillot Muñoz
durante el gobierno de Terra, se llevó entre otras cosas
el retrato de Isidoro. Fueron después inútiles los
esfuerzos para recuperarlos, fue de los pocos documentos incautados
que no pudo volver a mano de los Guillot Muñoz. Pero la fotografía
había sido vista con anterioridad por Supervielle, Ipuche
y el grabador Méndez Gabariños. Éste pudo reconstruir
más o menos los trazos de Isidoro, y digo más o menos
porque cuando los que habían visto el retrato miraron, cada
uno por su lado hicieron observaciones que de ninguna manera estaban
de acuerdo con los demás. Al poco tiempo, Méndez Magariños
pagó esta intromisión con la locura.
Después de sus estudios en Tarbes y en Pau, el Conde Lautréamont
teniendo 19 años, se traslada a París con el objeto
de ingresar en la Escuela Politécnica. Allí comienza
de nuevo el misterio, y los datos que tenemos de su vida entre los
19 y 24 años, época de su muerte, se refieren sólo
al contenido de seis cartas escritos en épocas diferentes.
Publicó en agosto de 1868, en París, el primero de
los Cantos de Maldoror donde firma solamente con tres asteriscos,
en diciembre del mismo año hace una reimpresión de
este primer Canto con el propósito de enviarlo al concurso
poético organizado en Burdeos por Evaristo Carrance. En 1869
se imprime la primera edición completa de los Cantos de Maldoror
donde firma con su nuevo seudónimo Conde de Lautréamont.
Esta edición no pasó nunca a la venta y sólo
10 ejemplares salieron de la imprenta y llegaron a sus manos. A
principio del año 1870 publica el prólogo de las Poesías
donde se atreve a firmarlas con su propio nombre, Isidoro Ducasse.
En los dos últimos años de su vida sufrió una
intensa crisis y como veremos después, fue su propósito
el negar la primera parte de su obra, los Cantos de Maldoror. Hay
una carta escrita a su tutor, el banquero Darasse, que constituye
un documento psicológico de gran valor para estudiar las
causas de este profundo viraje y los nuevos propósitos.
Según informaciones que he recogido en Córdoba, el
padre del Conde de Lautréamont se resistía a hacer
envíos de dinero fuera de la pensión habitual porque
tenía la convicción de que Isidoro lo empleaba en
la publicación de periódicos y panfletos políticos.
El Conde de Lautréamont vivió sucesivamente en la
calle de Notre-Dame des Victoires, luego en la calle de Faubourg-Montmartre
32, luego en la calle Vivienne Nš 15 y finalmente de nuevo en la
calle de Faubourg-Montmartre Nš 7, donde murió. Robert Desnos
sugirió que Ducasse podía ser aquél orador
del mismo nombre citado por Jules Valles en su libro “L‘Insurgé”.
Ph. Soupault lo afirmó en el prólogo de una de las
ediciones completas. Pero Aragon, Breton y Eluard se rebelaron contra
esta afirmación, sosteniendo que el Ducasse que en las reuniones
públicas de 1869 tomó la palabra para citar las Epístolas
de San Pablo, fue perfectamente identificado entre otros, por Charles
Da Costa que lo conocía íntimamente. Era Félix
Ducasse, que terminó siendo Presidente del Consistorio de
la Iglesia Cristiana Evangélica de Bruselas y que murió
en el año 1877.
Entre los familiares ha quedado la idea de un Lautréamont
rebelde, que tenía cierta amistad con Gambetta y que esta
circunstancia había creado dificultades a don Francisco Ducasse
el Canciller, en los últimos años del Imperio. También
esta situación fue –según dicen– la base
de los resentimientos entre padre e hijo ya que parece que don Francisco
Ducasse era un entusiasta bonapartista.
El 19 de julio de 1870, año de la muerte del Conde de Lautréamont,
Napoleón III declara la guerra a Prusia, “ley fatal
de los regímenes de explotación de una clase por otra
–dice un historiador–, en los que la pérdida
del poder inspira más angustia que la matanza. Los diputados
salen de vacaciones, el Emperador toma el mando de un ejército
desparramado en la frontera y cuyo desorden se manifestó
pavoroso desde la movilización, en Francia no obstante la
confianza en la victoria se había hecho general, el desastre
fue completo”. Este es el clima en que vive el Conde de Lautréamont,
acaba de publicar el prólogo de sus Poesías, canto
dedicado a la calma, a la cordura, al deber y así llega el
4 de septiembre de 1870. El pueblo de París reunido en los
alrededores del Palacio Borbón grita vivas a la República,
se dirige luego al Palacio Municipal donde ya en la plaza la multitud
ha escogido un gobierno. Recordemos que Isidoro Ducasse había
nacido durante la caótica época del Sitio de Montevideo.
Las condiciones históricas se repiten, París está
sitiada, la efervescencia política es creciente y Lautréamont
seguramente se sintió perdido.
Según informes, el Conde Lautréamont murió
de una enfermedad infecciosa, algunos sospechan de escarlatina,
el jueves 24 de noviembre de 1870. El certificado de defunción
dice: “Isidoro Luciano Ducasse, escritor, de 24 años,
nacido en Montevideo, falleció hoy a las 8 de la mañana
en su domicilio de la calle del Faubourg Nš 7”. El acta fue
labrada en presencia del dueño del hotel y de un mozo del
mismo, fue enterrado al día siguiente, el 25 de noviembre
de 1870, en una concesión temporaria del Cementerio del Norte.
Los familiares sospecharon que Isidoro Ducasse había sido
envenenado debido a su vinculación con grupos políticos
de extrema izquierda. Su padre fue a Francia tres años después,
en 1873, según hemos podido descubrir por sus pasaportes.
Con el significado de un auto de fe debe haber hecho desaparecer
todo cuanto encontró de su hijo en París. Un familiar
que conocí en Córdoba sostiene que todos los papeles,
libros y correspondencia fueron colocados en un baúl de cuero
y depositados en un banco. La hipótesis que trataré
de demostrar en mi libro en preparación sobre el tema, es
que el Conde de Lautréamont se suicidó, tomando esta
palabra sólo en el sentido psicológico, es decir,
en el sentido de que fue una muerte deseada. La repetición
de su situación de doble sitiado, durante su infancia y el
último año de su vida, hicieron que quedara inmovilizado.
Posiblemente si las situaciones sociales en que vivió el
último año de su vida lo hubieran sorprendido en la
época en que escribió los Cantos de Maldoror, Lautréamont
se hubiera salvado y entonces sí se podría creer que
estuvo en las barricadas y que perteneció a Clubes políticos
que podrían llamarse “El Club de la Libertad”,
el “Club de la Venganza”, “El Club de la Resistencia”
o el “Club de Montmartre”, que tenía su local
muy cerca del hotel donde murió.
El último paso dado en la búsqueda biográfica
del Conde de Lautréamont lo di yo mismo al buscar los rastros
de una parte de la familia Ducasse que había emigrado de
Francia poco tiempo después que lo hiciera el padre del Conde
de Lautréamont y que se radicó definitivamente en
Córdoba. En abril de este año me trasladé a
dicha ciudad con ese propósito. Lo primero que me enteré
es que los Ducasse habían fallecido todos y que sólo
quedaba el esposo de una sobrina de Isidoro fallecida en el año
1937. El señor Rafael Calzada Llanes, que así se llama
el último pariente del Conde, me recibió en el Molino
Ducasse. Apenas expuesta la finalidad de mi visita me preguntó
si era para bien o para mal remover el recuerdo del Conde de Lautréamont.
Después de largas explicaciones sobre mi interés sobre
Isidoro y la importancia de su obra, pude vencer poco a poco las
resistencias del pariente. Creo que mi condición de médico
fue un obstáculo en la gestión ya que su primer pensamiento
fue de que me interesaba exclusivamente el caso Lautréamont
como un caso clínico. Esconder a Isidoro era para ellos salvar
el prestigio de la familia, no remover el asunto, olvidarlo. Confieso
que la primera actitud del señor Lozada Llanes me intimidó
un poco. Detrás de él estaban colgados enormes retratos
de hombres barbudos y serios que parecían dirigir los pensamientos
del pariente de Isidoro. Cuando Lozada Llanes decidió “mostrarme
algo” como él decía, comenzó a ejecutar
una especie de ritual en forma lenta y parsimoniosa. Abrió
una caja fuerte, sacó con todo cuidado un cofre de metal
cerrado también con llave, esperaba ver yo por lo menos los
originales de los Cantos de Maldoror cuando sacó de allí
un monedero de cuero que contenía monedas de oro argentinas,
uruguayas y francesas que estaban envueltas en un pañuelo
amarillento con bordes negros. El monedero en cuestión había
pasado por todas las manos de los Ducasse y había sido regalado
a la sobrina de Isidoro cuando niña. Sacó después
otro cofre más grande lleno de papeles, con documentos que
pertenecieron a Francisco Ducasse, padre del poeta. Había
allí nombramientos, certificados de estudio, títulos
de propiedad, liquidaciones bancarias, copia de las actas de nacimiento,
matrimonio y defunción, sobre el margen de esta última
había una nota que decía “no se hizo inventario”.
Revisé además toda la correspondencia que allí
existía perteneciente a Francisco Ducasse y no hay ninguna
referencia al hijo, todas son de carácter comercial. También
pude ver fotografías de casi todos los miembros de la familia
pero no había ninguna de Isidoro.
El único dato que encontré y que juzgo de mucha importancia
se refiere a la madre de Isidoro. Según se contaba en la
familia, el Canciller, como llamaban al padre de Isidoro, había
conocido a la que fue después su esposa en un viaje que hizo
a Francia y parece ser que era sirvienta de los Ducasse en Tarbes.
El padre del poeta regresó solo de ese viaje y al poco tiempo
llegó a Montevideo Celestine Jaquette Davezac. Se casaron
el 21 de febrero de 1846, naciendo el Conde de Lautréamont
el cuatro de abril del mismo año, es decir dos meses después.
Se lee en el certificado de defunción que ella murió
de muerte natural el 10 de diciembre de 1847, es decir cuando Isidoro
tenía un año y ocho meses; el certificado dice de
muerte natural pero según lo que contaron los familiares
ella se habría suicidado. Hace pocos días en ocasión
de un viaje que hice a Montevideo para asistir a un homenaje que
se realizaba con motivo del primer centenario del nacimiento de
Isidoro Ducasse, traté de ampliar los datos referentes a
la madre. Ella fue enterrada el mismo día de su muerte con
el nombre de Celestina Joaquina, sin su apellido, no existen rastros
de su tumba, mientras que pude encontrar con toda facilidad la tumba
del padre en el Cementerio Central de Montevideo. Esta muerte trágica
de la madre debe haber constituido un trauma insuperable en la vida
de Lautréamont. Recordemos de nuevo, a propósito de
esto, su afán de ver a Yocasta en el trance mismo de matarse.
El señor Lozada Llanes me hizo una historia detallada de
la rama de los Ducasse de Córdoba. Luciano Bernardo Ducasse,
tío y padrino del Conde de Lautréamont emigró
de Francia después de su hermano Francisco y se radicó
primeramente en mercedes, provincia de Buenos Aires, donde instaló
un molino harinero. De allí pasó a Córdoba
donde se le reunieron tres primos del Conde, Francisco, Juan Droctoveo
y Lecea Ducasse. Esta última se había casado en Bazet
con un español llamado Juan Antonio Suárez Fernández,
naciendo de este último matrimonio 4 hijos de los que vivieron
sólo dos, Marcos que nació en Francia y Amelia que
nació en Montevideo.
Los Ducasse compraron en Córdoba un pequeño molino
que según cuenta les costó 18 mulas gordas y que había
pertenecido sucesivamente a Ascorcel de Peralta, a una Congregación
de Monjas, situado en las afueras de Córdoba, hoy barrio
San Martín. Luciano Ducasse, el padrino del Conde a quien
llamaban familiarmente el Carpintero, y sus dos sobrinos, Francisco
y Juan Droctoveo, permanecieron solteros, y llevaron una vida retirada.
Se les consideraba como gente extraña, poco sociable, con
una moralidad muy rígida, muy religiosos y muy preocupados
por acrecentar su fortuna. Según cuenta Lozada Llanes todos
de acuerdo a una exigencia del tío Luciano, usaban barba
para que los indios los respetaran. Vivieron en el Molino durante
muchos años, y después en una casa de la calle General
Paz, donde está hoy instalado un Colegio Nacional. La única
prima de Lautréamont, Lecea Ducasse, había casado,
como dijimos, con un español llamado Suárez Fernández,
que al parecer tenía muy poca inclinación al trabajo
y mucha a malgastar el dinero de los Ducasse, razón por la
cual fue literalmente expulsado de la familia y devuelto a España
donde falleció. Después de este incidente, el tío
Luciano y los hermanos de Lecea le instalaron a ésta un negocio
de panadería con el nombre de “La Mano Dorada”,
situada en la calle Santa Rosa. Del matrimonio de Lecea Ducasse
y Suárez Fernández nacieron Marcos Suárez Ducasse
que siguió la línea del padre, se negó a trabajar,
llevó la vida de un excéntrico y murió insano
en el año 1922. Según cuentan algunos amigos de éste,
tenía “afición por la poesía” y
había escrito algunos versos. La hermana de Marcos, la otra
sobrina de Lautréamont llamada Amelia Suárez Ducasse,
casó en terceras nupcias con el señor Lozada Llanes
en Montevideo, falleciendo en el año 1937 y extinguiéndose
con ella los Ducasse. Durante la última entrevista que tuve
con Lozada Llanes me ralató ya en tren de confidencias que
Isidoro visitó a sus parientes de Córdoba alrededor
del año 1868 y que había llevado los originales de
los Cantos de Maldoror para leérselos. Parece que la lectura
produjo una gran indignación y tal fue la gravedad del caso
que éste fue consultado con el confesor de la familia. Creo,
dice Lozada Llanes, que los originales fueron a parar a la Iglesia
de Santo Domingo y que posiblemente fueron quemados.
El
Conde de Lautréamont fue considerado por su familia como
un loco, un poseso y un blasfemador. Y aunque esta visita fuera
una ficción, lo importante es que el poeta quedó señalado
así en el seno de su familia.
(*)
Conferencia pronunciada en el Instituto Francés de Estudios
Superiores el 5 de septiembre de 1946. Constituye la primera de
un curso de 15 conferencias tituladas “Psicoanálisis
del Conde Lautréamont”, que integran un libro en preparación
(N.del A.).
Este texto fue publicado en la revista «Ciclo», Nš2,
Buenos Aires, marzo-abril de 1949 (págs. 5-27).
(1) En el acta de bautismo de Isidore Ducasse y en otros documentos,
se lee el nombre de la madre de Lautréamont como Célestine
Jacquettes Davezac, o bien como Celestina Jacqueta Davezac (N. del
E.).