Me
ocurre a menudo andar en busca de esos manuscritos de tinta amarillenta
que reposan en la quietud sombría de museos y bibliotecas.
Pero de todo ese viejo papelerío me gusta especialmente el
de los archivos poco frecuentados de las iglesias que concentran
su actividad religiosa en torno del púlpito y delante de
los altares enguirnaldados. La lectura de actas y de estampas añejas
que ocultan bajo el polvo centenario el embotamiento de las cosas
destinadas a una pasividad eterna, orientan los espíritus
ávidos del pasado que se complacen en navegar a través
de las etapas de los acontecimientos históricos, y que desean
conocer la naturaleza de los hechos sucesivos o algunos aspectos
de la continuidad intelectual. Estos documentos anegados en el olvido
y la vetustez, nublados por un misterio remoto, no son turbados
por sortilegios ocultos. Pero en medio de la humedad estancada,
ellos tienen un alma que vive aprisionada como el “ka”,
en un hipogeo perdido bajo la arena. En el momento de la profanación
el alma escapa con la levedad del “bai” o se desvanece
en luminosa para no volver jamás.
Ese espíritu, verdadero mistagogo revelador, sólo
es sensible para los iniciados de buena fe. Puede que sea también
un talismán para vencer la incertidumbre y el error que envuelven
el cuerpo del documento.Una mañana de agosto del año
último nos resolvimos a buscar el acta de nacimiento de Isidoro
Ducasse, antepasado del grupo surrealista. Nuestras indagaciones
en la Legación de Francia fueron, al principio, inútiles.
Fue preciso entonces ir a revolver los archivos de las parroquias
que en el siglo pasado llevaban, en Montevideo, los registros del
Estado Civil. Empezamos por San Francisco de Asís, cuyo esbelto
campanario español levanta su cruz dominadora sobre el barrio
del puerto. En esta iglesia fue bautizado Laforgue en 1860. Un sacerdote
vasco, con los dedos deformados por la artritis, aprisionado en
una estrecha sotana, consintió, con cierto malhumor, en que
visitáramos los archivos parroquiales. Una hora había
transcurrido mientras revolvíamos legajos. El sacerdote vasco,
a quien nuestra calma impacientaba, nos rogó que nos retiráramos,
alegando que los archivos tenían una finalidad más
importante que la de entretener a los curiosos.
En la catedral nos recibió un párroco italiano, sordo
y afable. La mirada activa de sus ojos saltones se paseaba por la
sacristía mientras se empeñaba en articular expresiones
híbridas hispano-italianas para contestar a los visitantes.
Delante de una pila de agua bendita, envueltas en el olor asfixiante
del incienso acumulado, unas damas arrebujadas en sus pieles esperaban
la bendición de tres medallas destinadas a preservar sus
automóviles contra los accidentes de la circulación,
muy frecuentes en esos días. Un sacerdote rechoncho, después
de quitarse el gastado birrete, recitó con voz gangosa unas
letanías monótonas. Munido de un hisopo, la mirada
distraída, hizo abundantes aspersiones sobre las medallas.
Las damas agradecieron al oficiante, dejaron caer sobre la mesa
unas monedas para ayudar a la reparación de una modesta capilla,
y salieron tranquilizadas.
Mientras tanto, sentados en un sofá de pana solferino, esperábamos
sin prisa la autorización para registrar los archivos. El
sacerdote sordo, que había atendido a las damas con solicitud
y esmero, nos interrogó con interés. Pero entonces
las dificultades se multiplicaron. El buen sacerdote no comprendió
las explicaciones que repetimos varias veces. ¿Cómo
habría podido comprender la historia del más blasfemo
de los poetas? Por momentos creíamos oír la burla
demoníaca de Maldoror y adivinábamos la molestia del
Creador. El monaguillo que pasaba silencioso se parecía mucho
al pequeño mártir grave que Maldoror había
encontrado en el jardín de las Tullerías.
En la nave de la Catedral la sombra de Léon Bloy se hundía
en un retablo. Léon Bloy abrigaba sin duda la esperanza de
que Lautréamont no fuera un instrumento del maligno. El hombre
que era la imagen de la fe y de la fuerza de la Iglesia creía
tal vez que la seducción de una virtud apostólica,
la gracia de Dios y una emanación de la teología habrían
enderezado la vía tortuosa del culpable, sembrador del desorden
en las familias. Bloy se empeña en justificar los ultrajes
que Maldoror había hecho a la divinidad. El enviado del cielo
decía: “No hay más que un sufrimiento, y es
el de no ser santo”. Pero Lautréamont no lo oía.
La asociación del creyente con el dogma católico,
aunque sólida, no le permitió realizar el milagro
de llevar a la fe al “hermano de la sanguijuela”. Léon
Bloy estuvo a punto de dedicarse a la predicación, pero se
dio cuenta de que jamás habría encontrado a Isidoro
el pecador. De ello se consoló en parte cuando logró
convencer a Jacques Maritain.
En una pieza húmeda, desprovista de imágenes santas,
encontramos en los archivos de esta parroquia el libro de registros
de bautismos. 1847: el legajo de escritura uniforme –caligrafía
corriente a mediados del siglo XIX– contiene el texto completo
de la partida de nacimiento de Isidoro Ducasse.
Afuera, el aire puro agitaba suavemente las ramas desnudas de los
plátanos de la plaza que, calle por medio, continuaba el
atrio. Por encima de las fachadas de un cosmopolitismo incoloro,
la cúpula de la Catedral, revestida de azulejos, espejeaba
al sol. “La encantadora ciudad uruguaya, que conservaba aún
en 1860 todo su carácter español y colonial”,
según las palabras de laforguiano Aubry, se agita hoy bajo
la influencia “yankee”, que le administra en dosis masivas
su arquitectura seudo-racional.
Después de haber sacado copia del documento nos fue fácil
obtener en la legación de Francia, gracias a la buena voluntad
del Sr. Ministro, algunas informaciones concernientes al nacimiento
del Conde de Lautréamont. No queda duda alguna sobre el lugar
en que nació. “Nació sobre las riberas americanas
en la desembocadura del Plata”. El final del primer Canto
de Maldoror no es una fantasía de Isidoro. Esto debe ciertamente
tranquilizar a un poeta hispano-americano que se empeñó
siempre en proclamar a derecha e izquierda que él era el
bastardo del Conde de Lautréamont. El autor anónimo
de la “Anthologie de la Nouvelle Poésie Française”
debe reconocer el error que ha cometido al escribir que Lautréamont
había nacido en Tarbes.
Los investigadores podrán darnos algún día
una biografía más completa de Lautréamont partiendo
de una primera clasificación de las fuentes: los monumentos
(casa natal en la calle Camacuá, inmueble de la rue Vivienne,
Los Cantos de Maldoror, poesías); documentos inconscientes
(la partida de nacimiento y la de defunción); documentos
concientes (la leyenda, las cartas). Con datos explícitos,
algunas convicciones a priori y algo de simpatía por la inducción,
la tarea será fácil.
Los documentos descubiertos por André Malraux permanecen
aún en poder de M. D. B. Esperan sin duda la historia verídica
de Maldoror que se encontraría en un palimpsesto del Nuevo
Mundo.
En cuanto a las bromas que Ramón Gómez de la Serna
difundió sobre la vida de Isidoro en París, quedarán
incorporadas al largo cortejo de aventuras que componen la leyenda
lautréamoniana. El poeta y juglar de Pombo se jacta de haber
almacenado todos los datos relativos a la vida de Isidoro el Montevideano,
pero se olvida de contarnos los amores del joven conde con una mestiza
de cabellos lacios, bastarda de un hidalgo castellano. A la puesta
del sol, en la sombra alargada de un ombú centenario, ella
decía la buenaventura mientras desvalijaba a sus enamorados.
Ramón ignora que el joven Ducasse, admirador de Lucano, confundía
la bella mestiza que lo había llevado varias veces a las
corridas de toros, con la hechicera de la Farsalia, resucitada gracias
a la asistencia prestada por cierto conocedor del brebaje extraordinario
compuesto de espuma de perro rabioso, ojos de serpiente, entrañas
de lince, médula de ciervo y cenizas de fénix.LA PARTIDA
DE NACIMIENTO DE ISIDORE DUCASSE.
Todos sabemos que existen en Francia varios planteamientos sobre
la obra de Lautréamont, inspirados en sentimientos diversos;
y el genio de este poeta, así como la gran influencia que
ha ejercido sobre la literatura actual, no necesitan ser defendidos.
Una ciudad sudamericana de civilización y de lengua españolas,
Montevideo, ha contribuído más que ninguna otra región
del Nuevo Mundo al enriquecimiento de la poesía francesa,
dando, en el siglo XIX, dos poetas que pueden establecer el enlace
entre el bajo-romanticismo y el simbolismo: Isidore Ducasse y Jules
Laforgue.
En el siglo XX, Montevideo, abierto a las corrientes de la literatura
francesa, ha dado a la metrópoli espiritual de América
Latina un poeta cuya obra ha venido a aumentar los tesoros de la
poesía francesa: Jules Supervielle.
Se ha dicho todo sobre el simbolismo y sus precursores, se ha escrito
todo sobre la propagación de esta tendencia –si es
que cabe expresarse así– y sobre las tertulias, las
capillas y las escuelas surgidas entre los continuadores de Verlaine
y Mallarmé.
Sin embargo, se omite muy a menudo en América hacer mención
de un precursor de la cuarta generación simbolista, poeta
cuya influencia en la literatura del siglo XX es indiscutible: Isidore
Lucien Ducasse, que firmó sus obras con el seudónimo
del Conde de Lautréamont.
Léon Bloy intentó rehabilitar la obra de Isidore Ducasse
que permanecía siempre oculto y enigmático bajo su
seudónimo meridional. Él se decía montevideano,
pero su partida de nacimiento continuaba inencontrable. Rémy
de Gourmont afirmaba que Lautréamont había nacido
en 1846, mientras que Philippe Soupault lo hace nacer cuatro años
más tarde. Varios escritores que se han ocupado de Lautréamont,
sobre todo Rubén Darío, creen que el autor de los
Cantos de Maldoror ha querido hacerse pasar por montevideano por
espíritu de mistificación y con el fin de completar
su atuendo extraño y legendario.
Según la fe de bautismo que se encuentra en la Catedral de
Montevideo, el poeta nació en esta ciudad el 4 de abril de
1846 y fue bautizado el 16 de noviembre de 1847. Era hijo de François
Ducasse, nacido en Tarbes en 1810, canciller de la legación
de Francia, y de Célestine Jacquettes Davezac, nacida en
1822. Damos aquí el texto del acta de bautismo del poeta:
Isid.o Luci.o Ducasse.
En diez y seis de Novre. De mil ochoc.t cuar.ta y siete: yo el infr.to
Cura vic.o del Cordón y Coadj.or del V.c Cura de esta I.M.
D. José B. Lamas, bautizé solemnem.te en ella á
Isidoro Luciano q. Nació el cuatro de Ab.s del año
pp. Hijo leg.mo de Fran.co Ducasse y de Celestina Jacqueta Davezac
– nal. de Francia. Ab.s p.s Luis Bern.do y Marta Damarc. M.s
Dom.o M.a Bedouret. Por Padri.s Bern.do Luciano Ducasse repres.do
por Eug.o Baudry y Eulalia Agregné de Baudry a q.s instruí
y por verdad lo firmo.
Santiago Estrázulas y Falson.
Esta acta de bautismo concuerda exactamente con el documento que
nos fue proporcionado por el Sr. André Gilbert, en diciembre
de 1924 [y cuya traducción damos en nota (1)]: “L’an
mil-huit-cent quarante-six, et le quatre avril à l’heure
de midi: Par devant nous, Gérant du Consulat Général
de France à Montévidéo, a comparu le Sieur
François Ducasse, Chancelier délégué
de ce Consulat, àgé de 36 ans; lequel nous a déclaré
la naissance d’un enfant qu’il nous a présenté
et que nous avons reconnu être du sexe masculin, né
a Montévidéo, aujourd’hui, à neuf heures
du matin, de lui déclarant et de Dame Célestine Jacquette
Davezac, son épouse, âgée de 24 ans, et auquel
enfant il a déclaré vouloir donner les prénomns
de Isidore Lucien. Les déclarations et présentations
nous ont été faites par lui en présence des
Sieurs Eugène Baudry, âgé de 32 ans et Pierre
Lafarge, âgé de 41 ans, commerçants français
l’un et l’autre, demeurant à Montévidéo,
qui ont signé avec le comparant et nous, après lecture
faite. – Baudry. – Lafarge (2). – Ducasse. –
Le Gérant du Consulat Général de France, M.
Denoix.”
Los Ducasse eran originarios de los Altos Pirineos, y el padre del
poeta, que vivió durante largos años en el Uruguay,
fue uno de los fundadores del “Cercle Français de Montévidéo”
en 1882. Era un hombre de estatura mediana, irónico, con
la barba entrecana, poseedor de una cultura literaria sumamente
refinada. Se esmeraba en aparecer elegante ante las damas y frecuentaba
el mundo diplomático donde pasaba por un hombre de ingenio.
Era rico y generoso y después de la muerte del poeta se radicó
en Montevideo hasta 1886.
Encontraba una evidente satisfacción en vivir en esta ciudad
de clima saludable y templado, y en la que “bajo un cielo
luminoso –decía él– se realiza un tipo
superior de civilización.
François Ducasse tenía del “dandy” la
coquetería “fashionable” y una indiferencia flemática
y desdeñosa que exhibía en bailes y recepciones. Era
de una integridad moral reconocida y capaz de entusiasmo a pesar
de su mirada hastiada y de ese aire distraído, lejano, propio
del que está de vuelta de todo, y que era el supremo buen
tono de los “cocodés”. Ocupaba un apartamento
en el hotel de las Pirámides, sitio elegido en aquéllos
tiempos para las veladas políticas y literarias.
Antes de su casamiento había trabado relaciones con la bailarina
española Rosario de Toledo, muy alabada en los diarios de
Río de Janeiro, en tiempos del emperador Pedro II. François
Ducasse, que se jactaba de ser un “coleccionista de mujeres
de teatro” (sic), deseoso de conocer a la bella actriz, aprovechó
de la estada que Rosario hacía en Montevideo en compañía
de un rico armador inglés, para obtener una entrevista con
ella. Gracias a los buenos oficios de M. de B. , la bailarina consintió
en cenar con el canciller en el apartamento que él ocupaba
en la calle Misiones. Un mes más tarde, Rosario de Toledo,
luego de una violenta disputa con el armador, llegó a ser
la amiga oficial de François Ducasse. El enredo duró
menos de un año. Rosario, abandonada por el canciller, volvió
al Brasil, donde, según llegó a afirmarse, murió
en una casa de salud.
En 1862, mientras en Montevideo se producía el conflicto
entre el vicario apostólico de la ciudad y el gobierno de
la República, el canciller Ducasse emprendió un viaje
a través de las regiones tropicales de América del
Sur, visitando Paraguay, Bolivia, Brasil y el norte de la República
Argentina. Durante ese viaje comenzó un estudio de las civilizaciones
pre-colombinas de las tribus guaraníticas, cuyo manuscrito
inconcluso fue entregado a Eugène Beaudry, padrino del poeta,
que también se había dedicado a investigaciones arqueológicas,
después de haber estudiado la administración de los
jesuitas en las Misiones fundadas en el siglo XVII en el norte de
la República Argentina. Pero Eugène Beaudry fue asesinado
por contrabandistas brasileños que despojaron y mutilaron
el cadáver del padrino de Lautréamont. Se supone que
los manuscritos de François Ducasse fueron quemados por los
asesinos, junto con los apuntes de Eugène Beaudry sobre la
administración jesuita que jamás aparecieron.
En el curso de su largo viaje, François Ducasse comprometió
su fortuna y sufrió una violenta crisis de paludismo. Un
negocio de madera preciosa en el Alto Paraguay le hizo perder una
gruesa suma de dinero que él esperaba recuperar cuando cayó
enfermo en un valle pantanoso de aguas salobres y malsanas, rodeado
de colinas cubiertas de plantas tropicales. En un rancho perdido
en medio de un país casi desierto François Ducasse
sufrió accesos de fiebre y alucinaciones intermitentes mientras
soportaba el calor del trópico americano.
Cuando François Ducasse leyó por primera vez los Cantos
de Maldoror, se impresionó al descubrir analogías
evidentes entre ciertas visiones de Maldoror y las alucinaciones
que él había tenido en el rancho durante la fiebre.
Sin embargo, el canciller había ocultado cuidadosamente a
su hijo –inclinado a los viajes y a la aventura– los
detalles de su odisea y las perturbaciones nerviosas de su enfermedad
(3).
A su regreso a Montevideo , a pesar de las fatigas de la convalecencia
. François Ducasse fundó una escuela de lengua francesa,
en la que él mismo dictó un curso de conferencias
sobre filosofía. Ante lo más escogido de la intelectualidad
montevideana, expuso en ese colegio la influencia de Comte y del
positivismo fuera de Francia y comentó las ideas de Edgard
Quinet.
La escuela fundada por François Ducasse duró sólo
cuatro meses y contribuyó a la ruina total del canciller.
Este foco de alta cultura fue ciertamente una de las primeras tentativas
de propaganda francesa en el Río de la Plata (4).
Las fatigas de sus viajes y las crisis periódicas de paludismo
habían impreso en la frente de Ducasse más arrugas
que los años. Murió en 1887 en la más extrema
indigencia.Era en tiempos de los combates entre unitarios y federales,
guerra fraticida que consumó la escisión de los pueblos
del Río de la Plata. Años sombríos de incertidumbre
y de sacrificio, en que la decisión ardiente de los montevideanos
sitiados logra detener la invasión del ejército de
Rosas el tirano. “El sitio de Montevideo –ha dicho un
periodista francés testigo ocular de las luchas entre los
pueblos del Río de la Plata– es uno de los acontecimientos
más considerables en los anales políticos y militares
del Nuevo Mundo. Interesa históricamente a toda la comunidad
latina de América del Sur”. La guerra entre Rosas,
dictador de la Confederación Argentina, y el gobierno de
Montevideo duró desde 1835 hasta 1851. Francia e Inglaterra
fracasaron tres veces en las tentativas de reconciliación
entre ambos enemigos. En 1838 el tirano de Buenos Aires hizo inscribir
en las actas y las proclamaciones: “Muerte al puerco inmundo
Luis Felipe!! Muerte a los salvajes unitarios!!”, y lanzó
la ofensiva. El sitio de Montevideo duró diez años.
Dumas llamó a esta ciudad “una nueva Troya, tan constante
pero más feliz que la antigua”. Lautréamont
nació, pues, durante el sitio. Su padrino Eugène Beaudry
formaba parte de las tropas franco-uruguayas (al mando del general
Rivera, asiduo lector de Jean-Jacques, amigo y aliado de los franceses)
que se apoderaron de Mercedes en 1846. Poco tiempo después
Eugène Beaudry se enroló en las filas de la legión
francesa, bajo las órdenes de los coroneles Du Château,
jefe de la misión militar francesa, y Thiébaut, soldado
bajo el Imperio” (5). La ayuda que esta heroica legión
francesa prestó al gobierno de la Defensa Nacional fue preciosa
y desinteresada; la intervención de Francia en favorde la
“Nueva Troya” no tenía otro fin que el de defender,
con el más noble idealismo, la causa de un pueblo oprimido
que quería volver a ser libre. Lautréamont no puede
guardar de esos años turbulentos de su infancia, más
que un recuerdo impreciso. En 1867 se radicará en París
para seguir los cursos de la Escuela Politécnica.
Llega a la “capitale infâme” en el mismo año
de la muerte de Baudelaire. Arsène Houssaye, Eugène
Vermersch, Banville y Champfleury vuelven del cementerio Montmartre
donde rindieron culto al maestro. Asselineau medita la sustancia
de su “Baudelairiana”, y mientras tanto los parisienses
se deleitan con los “vaudevilles” de Meilhac y de Halévy.
El barón Haussmann, “empresario de demoliciones”,
ha impuesto ya su disciplina clásica y ha cambiado la fisonomía
del viejo París. Frente al academismo imperial que se manifiesta
en varios aspectos de la actividad artística, Manet inventa
el caracterismo y prepara el desarrollo de las fórmulas impresionistas.
La exposición universal y las concesiones liberales no pueden
compensar la expedición romana y los fracasos de México
y de Luxemburgo. París está lleno de contradicciones
y el año 67 se presenta equívoco y desconcertante.La
vida de este extraño poeta está nimbada por una leyenda
prestigiosa. André Breton escribe en Les Pas Perdus: “Todo
está en que, para hablar del Conde de Lautréamont,
podamos atenernos a su obra. Isidoro Ducasse ha desaparecido en
tal forma detrás de su seudónimo que hoy parecería
una elaboración sutil de la imaginación identificar
a ese joven ayudante de clase (?) con Maldoror o aún con
el autor de sus Cantos·.
El estudio de una leyenda procura una enseñanza histórica
saludable y fecunda. Pero sería un error insistir sobre el
valor de un lugar común, a tal punto está probado
que el estudio de las leyendas contribuye a la formación
del juicio histórico y desarrolla el sentido crítico.
Es sabido que una leyenda sintetiza los rasgos más salientes
de un personaje y refleja el sentimiento colectivo de una generación.
No es más que la expansión de la creación anónima
de una época, o bien el resultado de la relación entre
el estado de espíritu de la masa y la imaginación
de un místico, de un poeta y hasta de un impostor. La leyenda,
que tiene la calidad de un fenómeno social, posee a menudo
la envergadura y el alcance de un símbolo, y, por más
paradójico que parezca, encierra más verdad que la
historia.
A principios del siglo, algunos poetas montevideanos fundaron la
revista La Alborada. Todos ellos rendían culto a Lautréamont
y contribuyeron a enriquecer su leyenda con los mitos y los relatos
más extravagantes. Un escritor del grupo La Alborada, muy
joven en aquellos tiempos, quería hacerse pasar por hijo
de Lautréamont y se llamaba a sí mismo Bastardo de
Maldoror. Parodiando una ocurrencia que Augusto Vitu había
tenido a propósito de Baudelaire, decía en todos los
cenáculos: “Lautréamont es una piedra de toque:
desagrada invariablemente a los imbéciles”. En la casa
de un poeta, célebre por la agresividad de su carácter
antojadizo frente al clero, se exhibía el retrato de Lautréamont
que un grabador desconocido había trazado limitándose
a copiar casi el dibujo ejecutado por valloton para Le 1.er Livre
des Masques. El poeta imitaba los gestos de Petrus Borel y había
colocado sobre un viejo altar de caoba el retrato que representaba
a Lautréamont con la cabeza aureolada. La caprichosa imagen,
alumbrada por la luz de los cirios, llevaba esta leyenda en caracteres
rojos: “Un poeta montevideano sin miedo y sin tacha”.
Más abajo se leía: “Caminante, ve a anunciar
al «Mercurio de Francia» que Lautréamont ha salvado
a su ciudad natal y a la literatura francesa. Él es para
Montevideo lo que Santiago es para España. Caminante, no
lo olvides, no te aflijas y no hagas esa mueca”.
Según una tradición acreditada en el grupo La Alborada,
un veterano de la Guerra Grande habría visto al joven Ducasse
munido de un fusil y pronto a hacer fuego junto a los cañones
de la ciudadela de Montevideo. El poeta, impasible sobre las murallas,
oía silbar los obuses argentinos. Ahora bien, cuando se firmó
la paz Lautréamont tenía menos de seis años.
Era, a no dudarlo, un niño capaz de proezas.
Un adversario de la cultura francesa aseguraba, hace mucho tiempo,
que la misantropía de Lautréamont era la consecuencia
fatal de los espectáculos sangrientos de la época:
en primer término la guerra fraticida entre Montevideo y
Buenos Aires, y luego, las corridas de toros “herencia de
barbarie de España, tan funesta para las ciudades sudamericanas”.
Cuando se firmó la paz las corridas de toros y la doma de
potros eran los juegos que más gustaban a los montevideanos.
Se ha dicho que a Lautréamont le apasionaban esos espectáculos.
A la edad de doce años, en el patio de una quinta de los
alrededores, Isidoro Luciano se divertía en romper a tiros
de tercerola unas botellas de caña brasileña alineadas
como bolos y luciendo viejos chacós que había encontrado
en el altillo de la casa de su padrino Baudry. Alfred Jarry hizo
lo mismo en su jardín de Corbeil, cuando destapó el
champagne a tiros de revólver, ante el asombro de los vecinos
y de la propietaria de la casa.
Se ha afirmado que el joven Ducasse, desde la edad de diez años
frecuentaba a escondidas del padre los reñideros de los suburbios.
En aquel tiempo, la afición por las riñas de gallos
–resabio de la colonización española–
estaba muy difundida entre el paisanaje uruguayo: un circo romano
en miniatura, sin la piedad relativa de las vestales y en el que
los gladiadores eran reemplazados por los gallos cuyos espolones
estaban armados de púas de acero. Los jugadores hacían
círculo en cuclillas, y los estancieros arriesgaban gruesas
sumas apostando a sus gallos adiestrados para el combate. Por el
año 1856, el circo de Santa Teresa del Pantanoso, en las
afueras de Montevideo, era particularmente célebre. Había
sido fundado a fines del siglo XVIII por soldados españoles
de la guardia del gobernador Olaguer y Feliú, llamado el
Ceremonioso. Los días de riña, a través de
los caminos polvorientos los aficionados iban llegando a caballo,
o en pesadas carretas arrastradas por bueyes que obedecían
a la picana larga y flexible del carretero soñador. Terminadas
las riñas de gallos, que duraban casi siempre toda la tarde,
los paisanos, con su habitual atuendo de amplias bombachas o de
chiripá floreado, anchos cintos con rastras de oro y plata,
bailaban haciendo rodar y sonar sus espuelas de plata maciza sobre
las baldosas rojas del enorme patio. Otros jugaban a la taba a la
sombra de una enramada florida. Detrás del reñidero,
un muro de ladrillos blanqueados coronado de glicinas, prolongaba
su sombra refrescante sobre el gallinero espacioso, donde se encontraban
los gallos destinados al combate. Allí, encerrados en estrechos
jaulones alineados bajo un parral, seguían peleando, los
cuellos estirados entre los barrotes. El reñidero estaba
semioculto detrás de una colina reverdeciente, rodeada de
árboles indígenas, a cuya sombra los aficionados maneaban
sus caballos y tomaban mate que algunas mulatas de ojos oblicuos
les cebaban con una paciencia de esclavas. Los días de fiesta,
el joven Ducasse, munido de un látigo con mango de carey
y plata y luciendo una gorra de oficial de la fragata “Aréthuse”,
esperaba la balsa que lo llevaría a Santa Teresa del Pantanoso.
La balsa tenía un techo de ramaje, bajo el cual los troperos
tocaban el acordeón y cantaban los triunfos de los unitarios
sobre los federales. El arroyo corría entre barrancos cubiertos
de maleza. Ahí, junto a esos hombres que sacaban fajos de
billetes de sus cintos de cuero adornados de plata, donde también
brillaba la vaina de un puñal profusamente cincelada, Lautréamont
se entregaba a la caza de pollas de agua, de garzas y de otras aves
zancudas que abundaban en el Pantanoso. Otras veces se entregaba
largamente a la contemplación de esas aves de perfil estilizado,
inmóviles sobre un fondo de matorrales, y cuyo vuelo tenía
un ritmo lleno de presagios. “El vuelo de las grullas friolentas”
es, sin duda, un recuerdo del cielo de Montevideo, ese cielo luminoso
atravesado por los zancudos migratorios. Al borde de las aguas turbias
del Pantanoso, el poeta había oído el croar de las
ranas. Es ahí sin duda que tuvo su primer diálogo
con el sapo “de pupilas inquietas, monarca de estanques y
pantanos”.En esa época François Ducasse era
propietario de un inmueble situado en la calle Bacacay (algunos
creen que Lautréamont nació allí). La casa
estaba adornada con madera del Paraguay y tenía un zócalo
de granito azul. En el salón, decorado con sencillez, había
una vitrina regencia que contenía dagas, estribos, una colección
de mates y de bombillas, varias estatuillas de madera policromada
que provenían de las Misiones Jesuíticas y una miniatura
que era –se decía– el retrato de una dama criolla,
hija de un Alguacil Mayor. Había también una biblioteca
donde se veía en extraña vecindad la Revue des deux
Mondes, El Correo de Ultramar, el Annuaire du Bureau des Longitudes,
algunos números de Le Patriote Français y de L’Echo
Français (dos periódicos de la colonia francesa de
Montevideo), un ejemplar de Gaspard de la Nuit y otro de Chroniques
du Règne de Charles IX, todo ello “aprisionado entre
clásicos”, según las palabras de un amigo del
canciller. El cónsul de España regaló a François
Ducasse dos jarrones de Toledo “que el joven Isidoro quebró
en mil pedazos en un acceso de cólera a raíz de un
altercado con su padre”.
Colgado en una pared del salón había un retrato del
padre de François Ducasse vestido a la moda de 1818, apoyado
en una “draisienne”; había también en
otras paredes: una caricatura de Rosas, el tirano, dibujada por
un legionario italiano; una estampa en la que Su Majestad Católica
Carlos III estaba rodeada de los Santos Felipe y Santiago, patrones
de Montevideo; un grabado que representaba una precesión
en la que se veía, en primer plano, a varios magistrados
rodeando el relicario, y, asomado a un balcón, un alcalde
con el antiguo traje de cabildante (6); en una panoplia dominaba
un trabuco español destartalado y enmohecido, con el cual
el joven Ducasse se había entretenido en matar comadrejas.
Lautréamont viajó a Francia e hizo sus estudios en
París. Las circunstancias de su formación intelectual
son desconocidas.
Se ha dicho que conoció a Verlaine en Bélgica y que
ambos habían trabado una estrecha amistad. Ahora bien, la
llegada de Verlaine a Bélgica tuvo lugar dos años
después de la muerte de Lautréamont.
Algunos autores han afirmado que Isidoro, perseguido por sus ideas
republicanas, se había visto obligado a refugiarse en Bruselas,
donde publicó Los Cantos de Maldoror. No creemos que haya
pruebas de esta aserción.
Es imposible establecer una correspondencia exacta entre el medio
montevideano hacia mediados del siglo XIX y la poesía de
Los Cantos de Maldoror.
Montevideo, “la ciudad de América más próxima
al corazón de Francia, la Atenas de estan nuevas comarcas
latinas”, según ha dicho Paul Fort, está situado
en el extremo occidental austral. Eso, en cuanto a las coordenadas.
En cuanto a su aspecto, veamos lo que dice Loti, que visitó
esta capital sudamericana pocos años después de la
muerte de Lautréamont: “Recuerdo ese medio resplandor
fresco de la mañana, ese cielo ya luminoso y aún estrellado,
ese muelle desierto que costeábamos… Al pasar veíamos
esas largas calles rectas, inmensas, abrirse una tras otra sobre
el cielo que blanqueaba. En esa hora indecisa en que la noche iba
a concluir, ni una luz, ni un ruido; de tiempo en tiempo veíase
algún vagabundo sin albergue, con andar vacilante; a lo largo
del mar tabernas peligrosas, grandes casas hechas con tablones,
oliendo a esoecias y a alcohol, pero cerradas y negras como tumbas”.
Si la vieja teoría de Taine no hubiera caído en desuso,
cabría recurrir a una especie de arqueología y de
historia natural, para estar en condiciones de conocer las circunstancias
físicas del clima y del “medio” capaces de explicar
la obra de Lautréamont. Aplicar a la letra viejas teorías
sobre la producción literaria es un pastiempo agradable pero
estéril. Los procedimientos dogmáticos y demasiado
exagerados aportan soluciones simplistas y casi pueriles e ilusorias,
amén de arbitrarias y seudo científicas, cuyo determinismo
estrecho y de primer plano está destinado a satisfacer a
los espíritus ávidos de falsas precisiones, impotentes
para sacudir el yugo de un pequeño sistema.
Los escritores que se han ocupado de la obra de Lautréamont,
especialmente Léon Bloy, Rémy de Gourmont y Rubén
Darío, han creído que el poeta se encontraba en estado
de alienación mental cuando escribió Los Cantos de
Maldoror, Philippe Soupault afirma que Lautréamont nunca
estuvo loco. El autor de “A la dérive” dice que
el montevideano llegó a París en 1867 y pasó
a ocupar un cuarto en un hotel situado en la calle Notre-Dame des
Victoires Nº 23. Allí escribía durante la noche y
se dice que bebía una gran cantidad de café. Su cuarto
era pobre y sombrío, sin más muebles que un piano,
un lecho y dos baúles llenos de libros. En 1868, Lautréamont
entregó al impresor su manuscrito de “Les Chants de
Maldoror”. Al abandonar su primera vivienda el poeta se instaló
en la calle Vivienne Nº 15, y comenzó allí el prefacio
de sus Poesías. Murió el 24 de setiembre (sic) de
1870, arrebatado por una fiebre maligna, en una casa del Faubourg-Montmartre.
El entierro tuvo lugar al día siguiente en una concesión
temporaria del cementerio Del Norte. A continuación reproducimos
el acta de deceso de Lautréamont publicada en La Révolution
Surréaliste en el número del 15 de enero de 1925:Acta
de Defunción de Isidore Ducasse
CONDE DE LAUTRÉAMONTActe de décès. Du jeudi
24 novembre de 1870, a 2 heures de relevée, acte de décès
de Isidore-Lucien Ducasse, homme de lettres, âgé de
24 ans, né à Montevideo (Amérique méridionale),
décédé ce matin à 8 heures, en son domicile,
rue du Faubourg-Montmartre, nº 7, sans autres renseignements. L’acte
a eté dressé en présence de M. Jules François
Dupis, hôtelier, rue du Faubourg-Montmartre, nº 7 et Antoine
Milleret, garçon d’hôtel, même maison,
témoins qui ont signé avec nous, Louis Gustave Nast,
adjoint au maire, après lecture faite, le décès
constaté devant la loi. –J. F. Dupuis. – A. Milleret.
– L. G. Nast. (7).El nacimiento y la muerte de Lautréamont
han sido marcados por dos acontecimientos semejantes: el sitio de
Montevideo y el sitio de París, dos épocas de sacrificio,
de miseria y de heroísmo. El poeta nació y murió
en la quietud otoñal turbada por cañonazos. En una
atmósfera de incertidumbre, a la sombra de parábolas
intermitentes trazadas por los obuses en un cielo ancho y azul,
manchado de cobre, Lautréamont, a una latitud austral de
35º, aprendió a navegar a través de los estados de
su subconsciencia de niño soñador. Esta ensoñación
nutricia y variada había de engendrar más tarde las
bellas visiones que nos da su prosa rítmica donde tan bien
se expresa el juego de su pensamiento puesto al desnudo.LA OBRA
DE LAUTRÉAMONT
Cuando se habla de la reacción antiparnasiana, es costumbre
pensar en 1873. Para la historia de la poesía esta fecha
tiene menos importancia de lo que se cree. Por otra parte, los críticos
aprecian a menudo arbitrariamente los valores de una época.
Rimbaud y Corbière no han sido los primeros en sacudir el
yugo del Parnaso: cinco años antes de la aparición
de Les Amours Jaunes y de Une Saison en Enfer, Lautréamont
publicó Les Chants de Maldoror. Esta pequeña cronología
literaria del siglo XIX debe retenerse.
Lautréamont reaccionó a un mismo tiempo contra el
Parnaso y contra el Naturalismo. A pesar de su pesimismo, él
es el único poeta de su generación que no debe nada
al Parnaso, y esta circunstancia es una prueba de cuán poderosa
era su individualidad.
Los parnasianos tenían un feudo en la poesía. Tenían
puestas sus miras en el nirvana pero hacían prosélitos.
Mientras Villiers vacila entre el ocultismo, la teología
cristiana y la herejía, Verlaine y Mallarmé hacen
sus comienzos en el Parnaso. Más tarde, Rimbaud compone Le
dormeur du val con una pequeña paleta parnasiana. En fin,
hasta el año 1912, Apollinaire es aún un parnasiano.
Lautréamont, capaz de emoción plástica, no
quiere servirse del pincel, rehúsa la crudeza de los colores
llamativos, evita la “sauvagerie plastique” y no gusta
en absoluto de los mármoles ordenados siguiendo una lógica
rigurosa y convencional. Para Lautréamont el paisaje no es
una tela, y su visión, plástica cuando no es difusa
e inasible, jamás llega a ser una notación seca y
minuciosa. Agreguemos a esto que la íntima esencia de su
lirismo, la dirección de su poesía subjetiva, la inquietud
de su constancia y el movimiento tumultuoso de sus aspiraciones
inconfesadas se encuentran en los antípodas de las fórmulas
parnasianas.
La “sonoridad metálica”, el orientalismo, el
exotismo de cámara, el color local mezclado a la geografía,
no interesan a Lautréamont.
El poeta de Maldoror se complace en un valor musical: el ritmo.
Este refleja un estado interior. A menudo golpeado y de una rudeza
arcaica, ese ritmo se arquea sin que su línea se retuerza.
Es amplio, elástico y a veces palpita como una vela. Cuando
se torna envolvente, da a la frase una ondulación flexible,
aérea y exacta; e implica entre el sujeto y el objeto una
doble relación metafísica y sensual. Lautréamont
es, en cierto modo, un romántico atrasado. Su forma es expansiva,
su lenguaje desbordante. A veces amontona las imágenes con
una especie de violencia y hace variaciones en las metáforas
hasta agotar su emoción primera.
Elige como tema “fealdades”. Esta es una manifestación
del bajo-romanticismo y no del realismo. Las visiones de Maldoror
desfilan como un cortejo inmenso. Los personajes, los reptiles,
los animales gesticulantes, y todos los monstruos de la fauna de
Lautréamont se mueven en una procesión fabulosa. La
grandilocuencia para desarrollar la frase, ese gusto por lo siniestro,
esa facultad de dramatizar las sombras y las formas son supervivencias
del romanticismo. Sin embargo, el poeta reacciona contra el sentimentalismo,
contra las efusiones confidenciales y biográficas. El “yo”
de Lautréamont no se exhibe. Se expresa aquí y allá
a través de Maldoror y el sapo, a través del paisaje
angustiado y de la aparición grotesca. Es un “yo”
en el que la idea y los datos poéticos dejan atrás
la pasión y la sensibilidad inútil. Habría
que precisar el sentido de los vocablos yo y subjetivismo para evitar
una dificultad verbal. A Lautréamont le preocupa sobre todo
conocer y captar su yo (sin llegar a la introspección propiamente
dicha) más que hacerlo espejear sobre el mundo exterior.
La controversia entre los tomistas Massis y Maritain por una parte
y Jacques Rivière por la otra es un hecho altamente significativo.
Este último señala sutilmente la diferencia entre
el individualismo y el subjetivismo.
Pero Lautréamont es sobre todo un simbolista (8). (Esta palabra
tiene el inconveniente de ser capciosa). En primer término
el poeta posee una delicada facultad de análisis que le permite
obtener correspondencias agudas entre el ambiente y las fibras secretas
de su conciencia. La sugestión y el símbolo que de
ahí resultan contribuyen a variar el giro, la flexibilidad
y la holgura poética de los cantos. El poder de despojar
su visión de todo oropel ornamental y tonalidades tornasoladas
y vanas, dan a esta poesía una profundidad más áspera
y más trascendente. El poeta no se limita a evocar. Es más
bien una manera de hacerse vidente.
En la frase amplia de esta prosa el símbolo no impide la
abstracción. Su pensamiento se desarrolla sin discontinuidad,
en una extensión que él mismo se ha creado. Además,
compone y escoge con discernimiento los materiales constructivos
de su obra compacta y muchas veces sólida. Sabe fijar las
imágenes que ha concretado, así como los colores,
las vibraciones y los seres en planos y siguiendo un ritmo interior.
Sabe situar su emoción estética en un medio irreal
y detener sus ideas en un espacio desmesurado y fluctuante. Capta
su apercepción en una coyuntura. El símbolo, en él,
no es esotérico: puede prescindir de glosas y no ha de ser
necesariamente descifrado. La poesía de Les Chants de Maldoror
posee una flexibilidad capaz de seguir las sinuosidades de los lazos
que unen la subconsciencia a la forma tangible.
Lautréamont, sin recurrir al procedimiento pictórico
y a la pincelada rutilante y precisa, logra esbozar escenas de pesadilla
goyesca. Pero de pronto las formas se desvanecen y el diálogo
se acentúa. El poeta abandona el símbolo a punto de
transformarse en ideograma plástico, y desarrolla un tema
detallado en el que un episodio da al canto la apariencia de un
cuento o de un relato… Nuevo cambio: el autor se concentra
y el poema reaparece. Maldoror habla: el trasplano de su conciencia
se enlaza en acercamientos equívocos a la realidad deformada.
Lautréamont es un precursor que vivió en una soledad
huraña; Maldoror (desdoblamiento teórico de su espíritu)
queda como el mistagogo de varias generaciones de poetas (desde
el cubismo hasta Dada). Él habría podido ser el teorizador
anticipado del surrealismo, pero, quiso pasar los mejores años
de su juventud deambulando a través del laberinto poético
que él se había creado y del cual conocía todos
los secretos y las sinuosidades más sutiles. André
Breton cita en su Manifeste du surréalisme, entre los ejemplos
de imágenes surrealistas, este pasaje de Los Cantos de Maldoror:
“Bello como la ley del desarrollo del pecho en los adultos
cuya propensión al crecimiento no está en relación
con la cantidad de moléculas que su organismo asimila”.
En París, Lautréamont vivió solo, sin amigos,
siempre apartado de los cenáculos y de las agrupaciones artísticas.
Su imaginación (algunos la tildan con desdén de extravagante
y enfermiza) lo lleva a deshojar afiebradamente su misantropía;
la amargura y el odio que le inspiran la creación y la tradición
bíblica lo llevan a mostrar lo que hay de abyecto en la vida
y la conciencia moral del hombre. Sus gustos mórbidos exaltan
su actividad cerebral y ponen en juego todas las facultades de su
espíritu. Su musa planea sobre los hospitales donde se oyen
los estertores de los moribundos o bien se lanza en un vuelo vertiginoso
hacia las regiones de la locura y de los ensueños patológicos
en los que los cadáveres despanzurrados muestran sus gusaneras.
Lautréamont está obsedido por la fealdad ética
de “los malditos”, es decir, de los hombres: “Adiós,
anciano, y piensa en mí, si me has leído. Tú,
joven, no te desesperes; pues tienes un amigo en el vampiro, a pesar
de tu opinión contraria. Contando el acarus sarcopte que
produce la sarna, tendrás dos amigos”.
Si hemos de creer en la leyenda, la conciencia de Maldoror no es
más que el estado habitual de Ducasse.
Después de Los Cantos de Maldoror (esta obra, no obstante
su división aparente en 59 poemas en prosa, forma un todo
homogéneo) Ducasse escribió el prefacio de las Poesías
en el cual ordena “quemar sobre una pala enrojecida al fuego,
con un poco de azúcar rubia, el pato de la duda de labios
de vermut, que, derramando en una lucha melancólica entre
el bien y el mal, lágrimas que no vienen del corazón,
sin máquina neumática hace, en todos lados, el vacío
universal”.
Este prefacio, que tiene el valor de un manifiesto, es una reacción
contra Los Cantos de Maldoror: “Reemplazo la melancolía
por el coraje, la duda por la certidumbre, la desesperación
por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber,
el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma
y el orgullo por la modestia”, escribe encabezando el prefacio,
y Philippe Soupault observa con gran exactitud en la nota que pone
como introducción a las Poesías: “Algunos verán
ahí un arte poética; no es sino una contradicción
y una prueba por el absurdo. El poder omnímodo de la poesía
estalla en Los Cantos de Maldoror. En el prefacio queda reducido
a nada”.
Continúa...