Que
Alejandro Dumas haya sido el novelista de las guerras civiles en
los países del Plata en el siglo XIX, puede sorprender a
los lectores más avisados del célebre escritor, así
sean argentinos, uruguayos o franceses. Las obras que van a constituir
el objeto de este estudio son, en efecto, poco conocidas hoy, y
muy poco difundidas.
Pero ¿puede estar seguro un lectorde no descubrir algo en
esta obra enorme que asombró y cautivó al mundo cuando
su aparición y cuyo éxito no está agotado?
“Vaudevilles”, tragedias y dramas históricos;
comedias, libretos de ópera cómica y misterios a la
manera del siglo XV; novelas de aventuras , de amor y de historia
que no forman menos, por sí solas, de doscientos cincuenta
y siete volúmenes; novelas breves y cuentos para niños;
relatos de viajes, recuerdos de una vida fabulosa y correspondencias
de todo orden; relatos históricos, noticias, crónicas
y memorias; temas de arte y recetas de cocina; campañas de
prensa políticas, literarias y judiciales en diarios de los
cuales era a menudo propietario: el buen y terrible gigante abordó
todo, y, para su vasto público popular, triunfó en
todo.
La sangrienta rivalidad de Buenos Aires y Montevideo aparece en
esta obra colosal y multiforme, durante una sola década,
dependiendo de cuatro géneros diferentes: el diario de actualidad
política y literaria, el libelo histórico, el cuento
autobiográfico y la traducción libre de memorias ajenas.
Al comienzo de 1850, Alejandsro Dumas dedica a este tema un número
entero de su diario Le Mois, alrededor del cual sostiene una propaganda
de pregonero. Poco después, lanza su ditirambo vengador:
Montevideo ou une nouvelle Troie, opúsculo que, en francés,
en español o en italiano, en cuentra de inmediato un éxito
asombroso en el Viejo y el Nuevo Mundo. En 1856, los ecos de esta
trágica epopeya alimentan confidencias enternecidas de un
capítulo de Une Aventure d’amour, pequeña obra
en que Dumas habla sobre todo de sí mismo. En 1859, la gloria
de Montevideo es cantada ruidosamente de nuevo cuando aparecen Les
Mémoires de Garibaldi, traduits sur le manuscrit original
par Alexandre Dumas.
Pues el inagotable escritor sabía vestir rápidamente
de maneras diversas y provechosas los temas que lo habían
conquistado y por medio de los cuales podía mantener el entusiasmo
de su buen público popular.Que Alejandro Dumas haya tomado
la defensa de Montevideo puede sorprender a quien no conozca el
inverosímil sitio sostenido por la ciudad del 16 de febrero
de 1843 al 8 de octubre de 1851, durante ocho años, siete
meses, y veintiún días , contra las tropas del general
uruguayo Manuel de Oribe y de su aliado, el terrible dictador de
la Confederación Argentina, Juan Manuel de Rosas.
La suerte de Montevideo, transformada en una nueva Troya, apasionaba
entonces a Europa y las Américas. Lo testimonian todavía
hoy las bibliotecas antiguas de Montevideo y Buenos Aires, con sus
pequeños libros ardientes de la época del sitio; las
colecciones de los numerosos diarios de las dos ciudades rivales,
y de Río de Janeiro, de Londres, de París; las recopilaciones
de debates parlamentarios y los muy ricos archivos diplomáticos
de la Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Estados Unidos, Inglaterra,
Francia.
En Europa, hasta en Francia, se ha perdido el recuerdo de esas cruentas
guerras civiles de los países del Plata. Y sin embargo, escritores,
oradores, periodistas, hombres políticos como Aberdeen, Peel,
Palmerston, O’Connell, Disraeli, Metternich, Pío IX,
Lamartine, Thiers, Guizot, de Tocqueville, Berryer, Montalembert,
Molé, Barrot, de Girardin, Drouyn de Lhuis, favre, Rouher…
disputaron, de buen o mal grado, a propósito de Montevideo,
el bastión de las libertades americanas y mundiales para
unos, la guarida de la anarquía y del agiotaje internacional
para otros.
Este sitio interminable es una verdadera pesadilla para los grandes
hombres de Estado de Francia y de Inglaterra, obligados a sostener
con la oposición de las Cámaras duelos oratorios agotadores,
con la opinión pública polémicas sin cesar
renacientes, con los enviados argentinos, uriguayos y brasileños
discusiones las más de las veces agrias y penosas. Envían
al lugar de los sucesos misiones de todas clases, oficiales u oficiosas,
conciliadoras o enérgicas, verdadero peregrinaje de hermanos
misioneros que no llegan a liberar la ciudad ni a hacerla ceder:
en 1842, misión De Lurde-Mendeville; en 1845, misión
Deffaudis-Ouseley, complicada por las misiones de Mareuil, Page
y Hood; en 1847, misión Walewski-Howden; en 1849, misión
Gore-Gros; en 1848 y 1849, misión Southern: en 1849, en 1850
y en 1851, misiones Le Predour, ayudadas por las de los oficiales
de marina Goury de Roslan y Tardy de Montravel, dificultadas por
la del teniente coronel Coffinières, sin contar otras, más
secretas aún, como la misión Marivault, que permanecen
desconocidas de los investigadores en los archivos de París
y Londres.
Aguas afuera de Montevideo, y en su rada, anclan cientos de barcos
de guerra: las flotas expedicionarias francesa e inglesa que intervienen
de tiempo en tiempo activamente en las operaciones, las flotas de
observación brasileña, norteamericana, española,
portuguesa, sarda. Las operaciones marítimas parten casi
todas del puerto de Montevideo libertado del bloqueo del almirante
rosista Guillermo Brown. Terminan por extenderse a todas las costas
del Río de la Plata, a los cursos de los ríos que
son sus tributarios: el Uruguay y sus afluentes, remontados por
la flotilla uruguaya del intrépido Garibaldi, y el Paraná
forzado hasta el Paraguay por una importante flota franco-inglesa,
después de cruentos combates.
En la ciudad misma, Inglaterra y Francia, las dos únicas
potencias de la época capaces de sostener una vasta política
mundial, desembarcan cañones marinos, soldados de regimientos
ingleses de paso, un cuerpo expedicionario francés especial.
Pero de una y otra parte de las fortificaciones montevideanas, sitiadores
y sitiados permanecen inmutables. Si el ejército del general
Oribe no comprende sino contingentes uruguayos, argentinos rosistas
y vascos españoles carlistas, el ejército de Montevideo
es mucho más abigarrado: un estado mayor de oficiales uruguayos
y argentinos anti-rosistas, algunos de los cuales han participado
en las gloriosas guerras de la independencia, una caballería
uruguaya de gauchos riveristas, una infantería de negros
recientemente libertados de la esclavitud, formaciones de emigrados
políticos argentinos. Importantes legiones de emigrantes
europeos: españoles, ingleses, vascos franceses, franceses
e italianos. Los jefes directos de estas tres últimas son
el comandante Jean-Baptiste Brie, descendiente de una vieja familia
francesa de los Pirineos, el coronel Jean-Chrisostome Thiébaut,
ex-oficial de Napoleón I y el “coronel almirante”
José Garibaldi, revolucionario internacional y futuro héroe
de la Italia libre.
Fuera de toda ideología política, de todo sentimiento
humanitario, de todo interés novelesco, los nombres de Montevideo
y Buenos Aires, si no las causas enemigas que ellos sostenían,
eran familiares a una gran parte de la opinión francesa.
Muchas familias tenían parientes y amigos –marinos,
soldados, comerciantes o ganaderos–, en estas riberas del
Plata que habían llegado a ser la pesadilla de la diplomacia
francesa, después de haber sido, de 1830 a 1842, el principal
centro que fijaba la emigración de una Francia entonces superpoblada.
Aunque Alejandro Dumas no sintiera casi inquietudes metafísicas
y su alma tuviera ecos menos puros, podía en 1850 hacer suyos
estos versos de Victor Hugo, su rival en polularidad:
“Mon âme aux mille voix que le Dieu que j’adore
“Mit au centre de tout comme un écho sonore…”
Con algún retardo y sobre todo con la ayuda muy eficaz de
un fogoso montevideano amigo suyo, Dumas llegó a ser el bardo
de un tema popular en Francia que los más grandes escritores
románticos habían ya orquestado en tonalidades muy
diferentes. Todos, aparte el despreocupado Musset, se habían
creído consagrados a grandes destinos políticos, por
orgullo, ambición o generosidad de alma. Casi todos se preocuparon
por las guerras sudamericanas.
Chateaubriand, con su orgullo de gran aristócrata, su repeto
místico de la tradición realista y católica,
su desdén por los insurrectos de América española,
cualesquiera que fuesen, puesto que declaraban su afinidad con la
ideología francesa del 89.
Lamartine, no con el noble idealismo de las Meditaciones, de las
Armonías, de Jocelyn, o hasta de la Historia de los Girondinos,
sino con su desprecio de señor terrateniente y tradicionalista
para con la plebe urbana y miserable de los emigrantes franceses
de Montevideo.
Guizot, como gran burgués doctrinario, hábil para
simplificar teóricamente las cuestiones más complejas;
como hombre de Estado conservador hábil para contemporizar,
para debilitar los entusiasmos intempestivos.
Thiers, como burgués liberal elocuente, pero también
como político taimado sirviéndose de la causa de Montevideo,
más que sirviéndola, para acrecentar su popularidad
en las Cámaras y derrocar a sus enemigos políticos.
Michelet y Georges Sand con una sinceridad de buena ley, un idealismo
generoso pero un poco hueco a la manera del 48.
Después de esas grandes voces, Alejandro Dumas eleva la suya,
brillante y fogosa, como periodista de combate, como libelista ruidoso,
como novelista elocuente de una causa fácilmente popular.
Y es así que, ya al finalizar el sitio, apareció en
París, bajo su nombre prestigioso, este pequeño libro,
hoy más célebre por su título que realmente
conocido en su texto: Montevideo o una nueva Troya.Presentación
de la “Nueva Troya” y de las obras de Alejandro Dumas
que se relacionan con ella.
En el comienzo de la obra, dedicada a los heroicos defensores de
Montevideo, la ciudad aparece dispuesta como un decorado de teatro.
Alejandro Dumas debió vanagloriarse de esta tirada, pero
a los montevideanos, sobre todo a los más jóvenes,
les cuesta reconocerse allí:
Cuando el viajero llega de Europa en una de esas naves que los primeros
habitantes del país tomaron por casas volantes, lo que ve
ante todo, después que el vigía grita ¡tierra1
son dos montañas: una montaña de ladrillos, que es
la catedral, la iglesia madre, la matriz, como se dice allá,
y una montaña de piedra, jaspeada por cierto verdor y coronada
por un fanal: esa montaña se llama el Cerro.
Luego, a medida que se aproxima, debajo de las torres de la catedral
cuyas cúpulas de porcelana centellean al sol, a la derecha
del fanal colocado sobre el montículo que domina la vasta
llanura, distingue los miradores innumerables y de formas variadas
que coronan casi todas las casas; luego, esas mismas casas rojas
y blancas, con sus azoteas, fresco repaso de la tarde; luego, al
pie del Cerro, los saladeros, vastos edificios donde se salan las
carnes; luego, por fin, al fondo de la bahía bordeando el
mar, las encantadoras quintas, delicia y orgullo de los habitantes,
que hacen que en los días de fiesta no se oigan más
que estas palabras corriendo por las calles: “¡Vamos
al Miguelete! ¡Vamos a la Aguada! ¡Vamos al arroyo Seco!”
Luego, si ancláis entre el Cerro y la ciudad, dominada desde
cualquier punto que la miréis por su gigantesca catedral,
leviatán de ladrillo que parece hendir las olas de casas;
si el bote os lleva rápidamente bajo el esfuerzo de sus seis
remeros hacia la playa; si, de día, véis en el camino
de esas bellas quintas grupos de mujeres vestidas de amazonas y
jinetes en traje de montar; si, de noche, a través de las
ventanas abiertas y vertiendo en las calles torrentes de luz y de
armonía oís los cantos de los pianos o las quejas
del arpa, los trinos chispeantes de las cuadrillas o las notas quejumbrosas
de los romances, es que estáis en Montevideo, la virreina
de ese gran río de plata cuya reina pretende ser Buenos Aires,
y que se vuelca en el Atlántico por una desembocaura de ochenta
leguas.
Después de esta brillante obertura, Alejandro Dumas entra
resueltamente en la maravillosa historis del Uruguay desde los orígenes.
El adjetivo maravillosa es suyo y no deja de inquietar un poco al
lector cuidadoso de la verdad.
Oímos al vigía del primer barco que hendió
con su proa las aguas del Río de la Plata, gritar en lengua
latina: ¡Montem video!, y asistimos al suplicio del descubridor
Juan Díaz de Solís, muerto, asado y comido por los
indios charrúas, sin otra forma de proceso.
Dos siglos y medio más tarde surgió bruscamente su
vengador, un hombre de una fuerza hercúlea, de una talla
gigantesca, de un celo inaudito: Don Jorge Pacheco. Este nuevo Mario,
vencedor de estos nuevos Teutones, extermina a los charrúas
en un abrir y cerrar de ojos, y el viajero que sigue paso a paso
la civilización. Esa gran diosa que, semejante al sol, marcha
de oriente a occidente, puede ver aún hoy blanqueando al
pie del monte Aceguá las osamentas de los últimos
charrúas.
Este providencial Jorge Pacheco desempeña algún tiempo
después un papel considerable luchando, en nombre de España,
contra ejércitos de contrabandistas mandados por un joven
de veinte a veinticinco años, bravo como un viejo español,
sutil como un charrúa, ágil como un gaucho, con trs
razas en la sangre ya que no en el espíritu, y que no es
otro que José Artigas, el héroe de la independencia
del Uruguay. Y el duelo formidable de éste, que representa
el partido nacional de la campaña alejada de las costumbres
españolas y portuguesas, y de aquél que representa
el valor caballeresco del viejo mundo, de los Colón, los
Pizarro y los Vasco da Gama, termina por el noble retiro del segundo,
que, como un antiguo romano sacrifica su orgullo por el bien del
país. Entonces, como uno de esos bandidos romanos –de
una época más reciente esta vez– que se someten
al Papa y pasean venerados por las ciudades cuyo terror habían
sido, Artigas hizo su entrada triunfal en Montevideo…
Después de haber llamado al orden a un cierto capitán
inglés Head, que osó confundir al hombre de la campaña
con el gaucho, Alejandro dumas condena a este último, gitano
del nuevo mundo, azote del hombre de las ciudades y del hombre de
la campaña a la vez.
Después, entramos sin demoras en el período de las
guerras de la independencia resumidas por esas breves escenas dialogadas
cuyo secreto posee Dumas; secreto fácil dirán los
puristas, pero de efecto seguro. He aquí, a título
de ejemplo, el relato de la batalla de Ayacucho que, en 1824, puso
fin a la resistencia española en todas las américas:
Fue el general patriota Alejo Córdova quien comenzó
la batalla…
¡Adelante!, gritó poniendo el sombrero en la punta
de su espada.
–¿A paso redoblado o a paso ligero?, se le preguntó.
¡A paso de victoria!, respondió.
Por la noche, todo el ejército español había
capitulado.
A propósito de disentimientos, bajo los muros de Montevideo,
entre el porteño Alvear y Artigas que, esta vez como Aquiles,
se había retirado a su tienda, Dumas se embarca en un largo
paralelo, más que atrevido, entre el gaucho de la provincia
de Buenos Aires, cargado de todos los pecados, y el hombre de la
campaña de Montevideo, adornado de todas las seducciones.
El primero, establecido desde hace tres siglos en inmensas landas
tristes, sin bosques y sin agua, adquirió un carácter
huraño y pendenciero; volvió en cierto modo, al estado
salvaje en contacto con los indígenas con los cuales cambiaba
un caballo por plumas de avestruz, aguardiente y tabaco por astas
de lanza. El segundo, establecido desde hace un siglo solamente
en una hermosa región de valles decorada con el quebracho
de corteza de hierro, el ubajaé del fruto de oro y el sauce
de ricas ramas, conservó las tradiciones de la vieja Europa
civilizada, con un carácter abierto y hospitalario.
Y Dumas concluye:
Para el gaucho de Buenos Aires, el tipo de la perfección
es el indio a caballo.
Para el hombre de la campaña de Montevideo, el tipo de perfección
es el europeo cinchado en su traje, ahorcado por su corbata, aprisionado
por sus polainas y sus tirantes.
En el curso de la obra, el demonio de la antítesis lo llevará
a esta afirmación: Los argentinos son tan extraños
al estado oriental como los chilenos o los ingleses.
Un segundo paralelo, más graciosamente florido, entre el
porteño y el montevideano, merece ser citado por extenso.
Es por su estilo del mejor Dumas que hay allí detalles inesperados
en honor de los antecesores de las más antiguas familias
arraigadas en las dos orillas del Plata:
El hombre de Buenos Aires tiene la pretensión de ser el primero
en América en elegancia. Se exalta y se calma fácilmente;
tiene más imaginación que su rival. Los primeros poetas
que ha conocido América han nacido en Buenos Aires. Varela
y Lafinur, Domínguez y Mármol son poetas porteños.
El hombre de Montevideo es menos poético, pero más
calmo, más firme en sus resoluciones, en sus proyectos; si
su rival tiene la pretensión de ser el primero en elegancia,
él tiene la de ser el primero en valor. Entre sus poetas
se encuentran los nombres de Hidalgo, Berro, Figueroa y Juan Carlos
Gómez.
Por su parte, las mujeres de Buenos Aires tienen la pretensión
de ser las más bellas de la América meridional, desde
el estrecho de Lemaire hasta el río Amazonas. ¿Queréis
saber los nombres de aquellas que reclaman el cetro de la belleza
del otro lado del Atlántico, despreocupadas parisienses que
no imagináis que una mujer pueda ser bella más allá
de las puertas de París, saliendo hacia Versailles o Fontainebleau?
Y bien, son, en cuanto a Buenos Aires, las “signoras”
Agustina Rosas, Pepa Lavalle y Martina Linche.
Tal vez, en efecto, el rostro de las mujeres de Montevideo es menos
deslumbrante que el de sus vecinas; pero sus formas son maravillosas,
sus pies, sus manos y su apostura parecen venidos directamente de
Sevilla o de Granada. Además existe esa variedad que, para
muchos, aventaja a la perfección, y Montevideo, la ciudad
europea, os mostrará con orgullo a Matide Steward, Nazarea
Rucker y Clementina Batlle, es decir tres tipos, o mejor, tres modelos
de raza: raza escocesa, raza alemana, raza catalana.
Así, entre los dos países:
Rivalidad de valor y de elegancia en cuanto a los hombres;
Rivalidad de belleza, de gracia y de apostura en cuanto a las mujeres;
Rivalidad de talentos en cuanto a los poetas, esos hermafroditas
de la sociedad, irritables como hombres, caprichosos como mujeres,
y a pesar de ello, ingenuos a veces como niños.
Qu’en termes élégants, ces choses-là
sont dites!, ya que esos paralelos quieren explicar las razones
de la terrible rivalidad durante la cual, de 1843 a 1851, bajo los
muros de Montevideo, cruzáronse muy otras cosas que pies
forzados y madrigales.
Antes de alejarnos del sitio, Dumas hace reaparecer, con gran perjuicio
de la élite montevideana, a José Artigas, quien, bajo
una dictadura sans-culottiste a la manera del 93, hace reinar en
la ciudad al hombre descalzo, de calzoncillos flotantes, de chiripá
escocés, de poncho roto cubriendo todo esto, y de sombrero
sobre la oreja asegurado por un barbijo.
Más tarde es la epopeya de los Treinta y Tres, contada como
una fantasía árabe con “razzias” de caballos
y paseo en torbellino de la bandera libertadora, azul, blanca y
roja como la francesa, mientras que los brasileños huyen
a la desbandada.
Por fin aparece Juan Manuel de Rosas.
Alejandro Dumas lo pinta con sus dotes de novelista maestro si no
de historiador maestro: Después de la revolución de
1810, un joven de quince o dieciséis años salía
de Buenos Aires, abandonando la ciudad y ganando el campo; tenía
el rostro turbado y un andar nervioso…
La lenta y sorda ascención del dictador está sazonada
con anécdotas tales como la escena melodramática del
joven Rosas abofeteando a su madre y arrojado de la casa familiar
con la maldición del padre, la comedia burlesca de los dolores
de muelas invocados en vísperas de un combate peligroso,
los esfuerzos desventurados del gaucho Rosas para introducirse en
las tertulias de la sociedad distinguida de Buenos Aires.
Está contaminada con color local: lazo, boleadoras, nada
falta a Rosas de los atributos del gaucho clásico, y surge
como un héroe de epopeya pampeana, con el espanto de la alta
sociedad de Buenos Aires, seguido por sus milicianos rojos, los
colorados de las Conchas…
Está realzada por súbitos aportes de la historia antigua
prestigiosa: Rosas partía de Buenos Aires decidido a volver
como Sila regresó a Roma, la espada en una mano y la antorcha
en la otra.
Breves y penetrantes anotaciones psicológicas preparan este
retrato de pie:
Hacia 1833, Rosas cuenta treinta y cinco años; tiene aspecto
europeo, cabellos rubios, tez blanca, ojos azules, patillas cortadas
a la altura de la boca; nada de barba, ni en el bigote ni en el
mentón. Su mirada sería hermosa si pudiera juzgarse,
pero Rosas se ha habituado a no mirarde frente ni a sus amigos ni
a sus enemigos, porque sabe que en sus amigos hay casi siempre un
enemigo oculto. Su voz es suave, y cuando tiene necesidad de gustar,
su conversación no carece de atractivo. Su reputación
de cobardía es proverbial; su fama de astucia es universal.
Le gustan las mistificaciones…
Y dumas cita ejemplos con complacencia: La purga Leroy que Rosas
hace tomar a un amigo invitado a comer; el caballo brioso que se
da a montar al visitante; las burlas de cuatro bufones disfrazados
de monjes: Fray Biguá, Fray Chajá, Fray Lechuza y
Fray Biscacha, cuyo prior feroz es él mismo hasta para un
robo de dulces; el disfraz de gobernador del mulato Eusebio para
una recepción oficial; el simulacro de juicio y ejecución
de este pobre desgraciado a quien se acusaba de conspirar, surgiendo
Rosas a último momento por un escotillón para anunciar
que concede la gracia, porque su hija Manuelita dice estar enamorada
de Eusebio y querer casarse con él.
El gran novelista se muestra galante con Manuelita: No es una mujer
hermosa, es más tal vez: es una persona encantadora, de figura
distinguida, de un tacto profundo, coqueta como una europea, muy
preocupada sobre todo del efecto que produce en los extranjeros…
Rehúsa hacerse eco de las bajas calumnias de incesto y de
crueldad de que ella es objeto, pero la muestra reina y esclava
del hogar doméstico. La compadece de quedarse soltera, porque
la élite distinguida de Buenos Aires reniega de ella y su
padre tiene demasiada necesidad de una ternura firme. En sus sueños
de monarquía, al decir de Dumas, el dictador piensa también
en una alianza aristocrática. Manuelita es buena: hace reír
a su terrible padre entrando por ejemplo en su gabinete de trabajo
a caballo sobre Eusebio en cuatro patas o halaga su vanidad para
obtener la gracia de un condenado. Desempeña sobre todo a
la perfección el papel sutil de ministro de relaciones exteriores
de Buenos Aires, pues todo agente extranjero, antes de abordar a
Rosas, debe hacer su presentación diplomática en la
tertulia de la joven.
Junto a ella, Juan, su gran palurdo de hermano, es conocido sólo
por sus costumbres viciosas y sus groseros amores.
El
segundo capítulo de la Nueva Troya nos lleva de 1833 a 1842,
es decir de la toma definitiva del poder por Rosas en la Argentina
hasta la invasión del Uruguay por su lugarteniente Manuel
de Oribe.
Digno de Alejandro IV Borgia y de su hijo César, Rosas empobrece
su propio partido desalojando de él a las personalidades
molestas por su ambición apasionada. Y Dumas se lanza con
un trozo de bravura de ritmo ternario, cortado trágicamente:
López, el fundador de la federación… muere envenenado.
Quiroga, el jefe de la federación… muere asesinado.
Cullen, el consejero de la federación… muere fusilado.
Experimenta, por otra parte, una verdadera alegría en presentar
esos personajes de nombres exóticos y sonoros que han conservado,
dice, un sabor de salvajismo primitivo. Las anécdotas dialogadas
abundan, acusando una crueldad caballeresca. Quiroga, sobre todo,
lo retiene, y he aquí la muerte de quien tenía la
ferocidad del león y no la del tigre:
Fue asaltado en Barranco Iaco por una treintena de asesinos que
hicieron fuego sobre su coche. Quiroga, enfermo, se había
acostado en él; una bala que perforó uno de los paneles
le atravesó el pecho. Aunque herido de muerte, se levantó,
y pálido, ensangrentado, abrió la portezuela. Viendo
al héroe de pie, aunque ya cadáver, los asesinos huyeron.
Pero Santos Pérez, su jefe, fue derecho hacia Quiroga y cuando
éste había caído de rodillas y lo miraba de
frente, lo ultimó.
Dueño incontestado del partido federal, Rosas prosigue su
venganza contra la alta sociedad de Buenos Aires que lo había
rechazado, una venganza áspera y feroz. La escarnece, apareciendo
vestido de chaqueta y sin corbata en las más elegantes reuniones,
iniciando un baile con una negra esclava, en medio de los carreteros,
de los carniceros y de los libertos que ha invitado.
Una sociedad secreta, muy de su devoción, encuentra diversiones
inéditas: es la Mazorca, cuyo nombre, Más Horca, según
Dumas, él lo atribuye, equivocadamente, no a la espiga del
maíz, usada como símbolo de unión, sino a un
reclamo de más horcas. Los adeptos de esta sociedad persiguen
en cacería a los elegantes de la ciudad, y, armados de viejos
cuchillos, les tajan con la carne del rostro patillas en collar
cuya forma de U recuerda el partido unitario aborrecido. A la salida
de misa, a las mujeres que no tienen en sus cabellos el moño
rojo federal, se les coloca uno con alquitrán ardiendo. En
la calle sucede que algunas son desvestidas y fustigadas por tener
un pañuelo, un traje, un adorno de color azul o verde, y
los hombres son tratados a veces igualmente por estar de frac o
de corbata.
Dumas se exalta hasta hacer resonar a Buenos Aires de truenos nocturnos,
y, de mañana, los hombres rojos de Rosas conducen a la fosa
común carretadas enteras de muertos. Se les ha visto, añade
Dumas, separar las cabezas de los cadáveres, llenar cestos
con ellas, y con el grito habitual de los vendedores de fruta del
campo, ofrecerlas a los transeúntes horrorizados, gritando;
“¡Duraznos unitarios! ¿Quién quiere duraznos
unitarios?”
Desde entonces, mientras que la paciencia bien conocida del rey
de los franceses Luis Felipe se cansa hasta el punto de hacer bloquear
por una flota la ciudad maldita donde hasta los franceses son perseguidos,
la alta sociedad argentina, a pesar de los peores peligros, se refugia
en Montevideo.
Parten así Lavalle, la espada más brillante de la
República Argentina, Florencio Varela, su mejor talento;
Aguero, uno de sus primeros hombres de estado; Echeverría,
el Lamartine del Plata; Vega, el Bayardo del ejército de
los Andes; “Guttierrez” (sic), el feliz bardo de las
glorias nacionales; Alsina, el gran abogado e ilustre ciudadano…
y muchos otros, grandes terratenientes o soldados prestigiosos.
Montevideo les otorga una generosa hospitalidad, y es a esto, afirma
Dumas audazmente, que es preciso atribuir el odio implacable que
Rosas dedica desde entonces a todo el Uruguay. El dictador espera
su hora mientras que dos personajes se disputan la presidencia de
la pequeña república recién independiente,
entre la codicia de sus dos demasiado poderosos vecinos, la Argentina
y el Brasil.
El paralelo entre Fructuoso Rivera y Manuel Oribe, hecho tan a menudo,
es sabiamente reanudado por Dumas, cuyas preferencias se adivinan
de antemano.
Rivera, hombre de campo, pero cuyos instintos todos, a la inversa
de Rosas, lo llevan a la civilización; hombre de guerra cuya
bravura no ha sido sobrepasada; hombre público no generoso
sino pródigo, es un “hermoso caballero” –en
el sentido de la palabra española que comprende a la vez
el soldado y el gentilhombre– de tez morena, talla elevada,
mirada penetrante; conversa con gracia, y arrastra a sus interlocutores
al círculo fascinador de un gesto que no pertenece más
que a él. Está por otra parte notablemente rodeado
en la época de hombres de valor, Obes, Pérez, Vázquez,
Álvarez, Ellauri, devotos defensores del estado oriental
y de la causa americana entera, cuyos nombres serán siempre
sagrados para esta vasta tierra de Colón que se extiende
del cabo de Hornos al estrecho de Barow.
Oribe, salido de las primeras familias del país, bravo personalmente
pero general incapaz, hombre honesto y buen administrador, pero
llevado a la crueldad por su violencia nerviosa, de espíritu
débil y de inteligencia estrecha, lo que explica –y
se podía esperar– su alianza ciega con Rosas.
Después de diversas alternativas vienen la batalla de Arroyo
Grande, perdida por Rivera aplastado bajo el número, y la
retirada heroica de 6.000 valientes a través de la campaña
uruguaya para proteger el éxodo de las familias espantadas
por las matanzas y los incendios, hasta el abrigo de los muros de
Montevideo.
El sitio de la Nueva Troya comienza.
Alejandro
Dumas lamenta no ser Homero para cantarlo, pero lo intenta con ardor.
Su elocuencia entusiasta y vengadora no disimula siempre, sin embargo,
la confusión de los cuatro últimos capítulos
de su pequeño libro hecho de piezas y remiendos. Por lo menos
se desprende de él la evolución general verdadera
del sitio interminable.
Los primeros aprietos de la ciudad heroica, amenazada por las tropas
rosistas y oribistas, son evocados por esta frase definitiva de
un defensor: El sol de diciembre, ahogando sus rayos en el océano,
nos dejó derrotados en el exterior, sin ejército,
sin soldados hasta en el interior, sin material de guerra, sin dinero,
sin rentas, sin créditos, y por pequeños detalles,
presentados con menos elocuencia, pero igualmente descorazonadores.
Tienen lugar entonces los gigantescos esfuerzos del ministerio del
3 de febrero de 1843 con el presidente Joaquín Suárez,
el nuevo Príamo, y los ministros Melchor Pacheco y Obes,
Santiago Vásquez y Francisco Muñoz; la magnífica
leva en masa de las legiones uruguaya, argentina unitaria, española,
italiana y francesa; los heroicos combates de las avanzadas bajo
los muros de Montevideo, y las batallas campales al pie del Cerro
en el campo afortunado donde sonreía la victoria.
Siguen el agrio relato de las desgraciadas campañas de Rivera
en el interior del Uruguay sobre las retaguardias del ejército
sitiador, la narración apasionada de los últimos esfuerzos
sangrientos del general para imponerse en la capital misma, y por
fin el cuadro lamentable de la heroica y miserable Nueva Troya después
de siete años de resistencia.
En ese trágico decorado montevideano, iluminado por impulsos
generosos, ensombrecido por violentas desesperanzas, luego empañado
por una inacción demasiado larga, se destacan algunas de
esas fuertes personalidades por las cuales Alejandro Dumas marcó
siempre su predilección y cuya amistad buscó toda
su vida.
He aquí a Garibaldi:
38 años, talla media, convenientemente bien proporcionado,
con cabello rubio, ojos azules, nariz, frente y mentón griegos,
es decir, aproximándose lo más posible al verdadero
tipo de la belleza. Lleva barba larga. Su vestimenta común
es una levita ajustada al cuerpo, sin ninguna insignia militar.
Sus movimientos son graciosos. Su voz, de una dulzura infinita,
parece un canto. En su estado habitual es más bien distraído
que atento y parece más un hombre de cálculo que de
imaginación; pero pronunciad ante él las palabras
independencia e Italia, y entonces se despierta como un volcán,
lanza su llama y vuelca su lava.
Soldado, parte al asalto con la primera espada que aparece y arroja
su vaina, pues no lleva nunca armas fuera del combate. Marino, quema
sus naves en el alto Paraná para no entregarlas cuando está
cercado, o bien ante Montevideo, con sesenta marinos y cuatro miserables
barcos armado de seis piezas, el Suárez, el Pacheco y Obes
llamado también la Libertad, el Muñoz y el Vásquez,
hace frente a los cuatro navíos, a las cien bocas de fuego
de grueso calibre y a los mil hombres del almirante de Rosas, Guillermo
Brown.
Dumas se indigna de que se pueda en Francia representar a Garibaldi
como un aventurero, un “condottiere”. En Montevideo
no estaba a sueldo y vivía en una pobre casa, obscura de
noche, pues la ración del soldado montevideano no incluía
velas. Con su sombrero blanco raído, su levita negra gastada
y botas abiertas, rehusaba dinero, tierras y rebaños para
él o para sus hombres que a cambio de la sola hospitalidad
daban sus vidas a Montevideo, sólo porque los defensores
combatían por la libertad.
Valiente y desinteresado, es también caballeresco. Intercede
noblemente, para hacer perdonar a traidores que se habían
reconocido culpables, mientras que en cambio Rosas y Oribe cometen
las peores atrocidades. Dumas pinta por ejemplo, con una cierta
complacencia, a Rosas haciendo rodar tres o cuatro horas con la
punta del pie la cabeza del coronel Zelallaran decapitado, escupiendo
encima, haciendo atar después a un amigo del ajusticiado
ante la cabeza puesta sobre una mesa durante tres días seguidos;
o bien recuerda la orden breve del dictador de fusilar juntos al
coronel Videla y a su joven hijo, ya que este último resiste
cuando se le quiere alejar de su padre al que apunta el pelotón
de ejecución; o, todavía, el bautizo del vientre de
Camila O’Gorman, encinta de ocho meses, pues Rosas quiere
salvar el alma del niño aún cuando haga matar a la
madre…
Si Rosas es un nuevo Tersites y si Garibaldi es el Aquiles de la
Nueva Troya, Marcelino Sosa es su Héctor, lo que es sorprendente,
puesto que estos dos últimos héroes son del mismo
campo. Alejandro Dumas es lírico al hablar de este Héctor:
Se hubiera dicho que descendía de esos Titanes que en otro
tiempo intentaron escalar el cielo… Hermoso joven, grande,
fuerte, excelente jinete, de una generosidad que no tenía
igual más que en su coraje para combatir. Montaba habitualmente
un magnífico caballo negro cuyo arnés era todo de
plata. Luego se quitaba su chaqueta y se arremangaba. Entonces,
la espada o la lanza en mano, era lo que debía ser un héroe
de Homero o un paladín del siglo de Carlomagno.
Este héroe griego o este paladín carolingio en mangas
de camisa es un poco sorprendente, y sus hazañas lo son otro
tanto: Un día que nos encontrábamos frente a un destacamento
enemigo, habiendo manifestado el jefe de Sosa deseos de tener algunos
informes que sólo un prisionero podía darle, Sosa
se lanzó solo sobre el destacamento, lo alcanzó, agarró
por el cuello a un hombre de la primera fila, le puso atravesado
sobre su caballo y se lo trajo a su jefe: “Tomad, mi coronel,
dijo, he aquí lo que habíais pedido”.
En la imaginación del novelista, este Hércules valeroso
debe confundirse con Porthos el Mosquetero, hombre capaz de levantar
las torres de Notre-Dame o con el general Dumas, su padre mulato,
que según su decir, pasando un día a caballo bajo
un roble, se colgó con los dos brazos de una rama principal,
anudó las piernas bajo el vientre de su cabalgadura y levantó
al animal asombrado, ante los espectadores más asombrados
aún.
La muerte de Marcelino Sosa fue de las más bellas, pero ¿era
necesario que Dumas la contara de esta manera?:
El 8 de febrero de 1844, estando en las avanzadas, Sosa fue herido
por una bala de cañón como Turenne, como Brunswick;
sólo que él no cayó del caballo, aunque la
bala le llevó la mitad del cuerpo y casi todas sus entrañas.
Echó pie a tierra (¿a derecha y a izquierda de su
caballo con cada una de las mitades de su cuerpo?) diciendo a sus
soldados: “Creo que estoy herido”.
Otra muerte famosa, la del coronel Jacinto Estibao, rodeado con
cincuenta hombres por quinientos amotinados riveristas, es contada
con un laconismo de mejor gusto:
Cuando no le quedaban más que ocho soldados, uno de esos
ocho sobrevivientes se aproxima a él y le dice: “Coronel,
no podemos resistir más”. Estibao tenía el brazo
derecho roto, pero en la mano izquierda tomó su pistola por
el cañón y con un culatazo aplastó la cabeza
de este hombre que no comprendía que cuando no se puede resistir
más, es necesario morir.
Sin que nunca su retrato sea trazado de pie como los de Garibaldi
y Sosa, un tercer personaje está siempre presente en este
Montevideo homérico. Es Melchor Pacheco y Obes, el hijo de
Jorge Pacheco presentado en la aurora de la historia maravillosa
del Uruguay como el gigante exterminador de los teutones charrúas
y en quien Dumas había visto, con Artigas y el gaucho, una
de las tres potencias que reinaron en Montevideo.
Continúa...