Melchor,
digno hijo de tal padre, es de una actividad desbordante. Es él
quien, después del desastre de Arroyo Grande, lanza desde
Mercedes el primer grito de guerra contra los oribistas invasores;
él quien primero proclama la libertad de los negros esclavos,
resolviendo de una sola plumada, asegura Dumas, esta gran cuestión
que se debate desde hace un siglo en Europa y ante la cual retrocede
desde hace 60 años el gobierno de los Estados Unidos. Es
él quien organiza la leva en masa de los montevideanos; él
todavía quien lanza este decreto magnífico y terrible:
¡La patria está en peligro! La sangre y el oro de los
ciudadanos pertenecen a la patria. El que rehuse a la patria su
oro o su sangre será penado con la muerte, y es él
quien, ministro de de la guerra lo aplica: Don Luis Baena, un rico
comerciante convicto de inteligencia con el enemigo es fusilado
aunque se ofrece por su gracia una fuerte suma; en cuanto al crisol
de la moneda, devora todo, desde el incensario de plata dorada del
sacerdote hasta la espuela de oro del caballero. Es todavía
Pacheco quien lleva al bautismo de fuego a las nuevas tropas y es
siempre para vencer. Es él quien, para bien de la ciudad
sitiada, se atreve a levantarse frente a Rivera envejecido, derrotado
sin cesar en la campaña uruguaya porque persiste en hacer,
a enemigos bien disciplinados una guerra de guerrillas, cuando hubiera
sido preciso hacerles una guerra de táctico y de soldado.
Gracias a él Rivera es por fin desterrado por haber confundido
demasiado la gran causa de Montevideo con su causa personal. Y el
personaje que el gobierno montevideano envía a París
en 1849 para lograr que Francia defina más claramente su
política en favor de la ciudad sitiada, es todavía
el general Melchor Pacheco y Obes. En París, pronto lo veremos
remover cielo y tierra para alcanzar sus fines.
Junto a este providencial y emprendedor hombre-Proteo, jefe militar,
ministro de estado diplomático, muchos otros troyanos son
invocados en el pequeño opúsculo firmado por Dumas.
Aparecen troyanas, llamadas también lacedemonias.
La señora de Correa, que habiendo perdido tres hijos en el
mismo combate exclamó, casi agonizante de dolor: “Mi
mayor pena es no tener un cuarto hijo que poder ofrecer a la patria”.
Cipriana Muñoz, de andar de reina, pálida y vestida
de luto, cuyo hijo Francisco fue muerto y cuyos otros tres hijos
defienden la ciudad, en el hospital cuidará los heridos del
batallón de su hijo; luego, al salir del hospital, entrará
en la casa de la viuda, en la casa del huérfano para devolverle
un instante la madre que perdió. Hablará al soldado
para inflamar su valor, al hombre de estado para inspirarle grandes
resoluciones, y si en medio de todo esto mientras prosigue su obra
de abnegación el cañón truena, interrogad su
rostro: ni una línea traicionará a la madre temblando
por su hijo, sino solamente a la ciudadana preocupada por la suerte
de la patria.
El retrato es verídico, puesto que los numerosos descendientes
de esta mujer enérgica tienen agrado en contar hoy que ella
despertaba a sus hijos para enviarles a combatir cuando ellos no
habían oído los fogonazos de los partidarios oribistas
atacando de madrugada.
El
sexto y último capítulo del libro de Dumas es sobre
todo un vibrante llamado a Francia para que sostenga a Montevideo
ya en el límite extremo de sus fuerzas, por otros medios
que con un subsidio mensual de 180.000 francos, una vergüenza
para los heroicos defensores, ya que se han vuelto tan arrogantes
los agentes franceses que lo distribuyen allí.
Cierto es que la ciudad, después de siete años de
resistencia, está arruinada. Los 20.000 habitantes que le
quedan viven de la ración del soldado, presidente y ministros
inclusive. Todos sufren el hambre, la peste y la miseria, lo que
supone, a pesar de todo, un azote de más para ser verídico,
pues Montevideo no conoció la peste. Todos los combatientes
corren riesgo de muerte en escaramuzas diarias. Pero la resistencia
no se debilita: Las mujeres cuidan los heridos ocupándose
de las vestimentas de las tropas; los ancianos vigilan la ciudad,
y durante los días de combate, los niños abandonan
las escuelas para ayudar a los combatientes llevándoles cartuchos.
Francia desde hace demasiado tiempo reza la oración de los
moribundos a Montevideo en agonía. Debería por ella
misma actuar de otra manera que otorgando un subsidio miserable,
miserablemente dado, manteniendo una flota inactiva cuyo pabellón
es testigo vergonzoso de las matanzas de emigrantes franceses abandonados
a su triste suerte como sus camaradas montevideanos, o enviando
numerosos negociadores de los cuales Rosas se burla impunemente.
Es cuando los esfuerzos del almirante Le Predour, el último
emisario hasta entonces, amenazan dar el golpe de gracia a la resistencia
de Montevideo, que Dumas lanza este llamado conmovedor:
Montevideo, por más débil que sea su voz frente a
una gran nación como Francia, tiene todo el derecho, después
de siete años de espera, de exigir la decisión que
ella le promete, y cuyo cumplimiento aguarda en medio de sufrimientos
inauditos. Puede llegar un momento, y ese momento llegará
seguramente, en que la desesperación pondrá término
a esta heroica defensa, y entonces Montevideo desaparecerá
de la superficie de la tierra, y entonces se dirá, oyendo
el ruido de esta caída que llegará hasta Europa y
hará estremecer algunos corazones simpatizantes: “No
es nada; no salgáis por tan poco de vuestro buen sueño,
no es más que una ciudad que cae”.
Y se equivocarán. Montevideo no es solamente una ciudad,
es un símbolo; no es solamente un pueblo, es una esperanza;
es el símbolo del orden, es la esperanza de la civilización.
Si cae Montevideo, último baluarte de la humanidad en la
América meridional, al instante mismo un poder antisocial
extenderá su sombra desde la cumbre de los Andes hasta los
bordes del Amazonas, destruyendo por largo tiempo, si no para siempre,
la obra de Colón fecundada por cuatro siglos de incubación
europea. Los hombres que, con Rosas, llevan ante ellos la destrucción.
Arrastran tras ellos la barbarie, son el símbolo de esos
indios que, lanza en mano, sobre las costas de América derribaban
a esos hombres del viejo mundo que venían a traerles la luz
del Oriente (¡!); aquellos que, detrás de las murallas
semi derruidas de Montevideo, combaten contra Rosas, representan
por el contrario las ideas de humanidad y de civilización
brotadas en el nuevo mundo bajo el soplo europeo.
Acorralados hasta su última defensa, los montevideanos volvieron
sus ojos hacia Europa y tuvieron fe en su simpatía primero,
luego en la comprensión de sus intereses; llamaron a la civilización
en socorro de la civilización: ¿se les abandonará
a la barbarie?
El tono se levanta aún en las últimas páginas.
Alejandro Dumas fustiga allí la racción hija del interés
y del miedo. Glorifica, por el contrario, el papel eterno de la
Francia revolucionaria: nuestra nacionalidad reposa en las ideas,
cuya realeza reside en el pueblo…; Dios nos da a refundir
el mundo entero con el bronce del pasado. Pero en el molde del porvenir
en fórmulas, a decir verdad, de una grandilocuencia bien
obscura. Reclama contra los miopes prudentes y cobardes, esos gobernantes
franceses de 1850 que buscan la armonía con Inglaterra y
Austria, naciones de presa, enemigas ancestrales de Francia, demasiado
interesadas en no dejar desempeñar a la patria de la Revolución
su papel glorioso y peligroso de libertadora de los pequeños
pueblos oprimidos.
Se trataba entonces, no solamente de Montevideo sitiada por las
fuerzas nacionalistas y reaccionarias de Rosas y de Oribe con el
apoyo tácito de Inglaterra, sino de Hungría e Italia,
aplastadas por Austria después de sus desgraciadas revoluciones
de 1848.
Y he aquí la peroración del combativo y generoso opúsculo:
Cuando los pequeños hombres que gobiernan un gran pueblo
se engañan hasta el punto de circunscribir su política
entre el arroyo de la calle Saint-Denis y el canal Saint-Martin,
mientras que esta política reclama extenderse de los Andes
a los montes Cárpatos; cuando cultivan el egoísmo
donde siempre se ha practicado la abnegación; cuando, en
lugar de sacar la espada de Pavía, de Ivry, de Arques, de
Cazale, de la Marsaille, de Nerwinde, de Steinkerque, de Denain,
de Fontenoy, de Brandywine, de Arcole, de Rívoli, de Montenotte,
de las Pirámides, de Maringo y de Austerlitz, por la causa
Santa de la libertad, no solamente envainan esta espada sino que
todavía parecen ocultar la vaina y la espada; digo que para
que actúen así, para que causen ese retraso al movimiento
del mundo, hay algún motivo providencial que escapa a nuestras
miradas y que nos será revelado un día.
Y ese día será el de la reparación.
Así, paciencia italianos, paciencia húngaros, paciencia
montevideanos, vendrá un día en que un pueblo entero
de republicanos os dirá: Hermanos, os traemos el comercio
en la mano izquierda, la libertad, en la derecha. Sed ricos y libres
como nosotros – y a cambio de esa libertad y esa riqueza de
que dotamos vuestro porvenir, os pedimos solamente una cosa: olvidad
nuestra intervención en Nesib, nuestra presencia en Roma,
nuestra ausencia en Montevideo.
Mientras tanto, Kossuth, mientras tanto, Mazzini, mientras tanto,
Suárez, el que escribe estas líneas en vuestro honor
os pide, por toda recompensa, su lugar de ciudadano en vuestras
repúblicas venideras.
Tal
es la famosa Nueva Troya firmada por Alejandro Dumas.
El novelista debió quedar satisfecho de ella, pues el texto
del opúsculo se encuentra por lo menos dos veces en el resto
de su obra. Es verdad que, a pesar de ganancias fabulosas y de una
actividad desbordante, estaba siempre escaso de dinero, es decir,
de material para publicar.
En marzo de 1848, había fundado un diario: Le Mois, que llevaba
estas apetitosas indicaciones como subtítulo: resumen mensual
histórico y político de todos los acontecimientos,
día por día, hora por hora, enteramente redactado
por Alejandro Dumas.
Esta última afirmación es por lo menos osada en lo
que concierne al número de enero de 1850, escrito en colaboración,
pronto lo veremos, a propósito de la discusión movida
de la sempiterna Cuestión del Plata por la Asamblea Nacional
de Francia. Da un anticipo bastante preciso del fin de la Nueva
Troya para edificación de los 20.000 abonados y de los 100.000
lectores de que se glorifica el “único” redactor.
Diez años después, una segunda molienda del texto
primitivo se desliza en las Memorias de Garibaldi traducidas del
manuscrito original por Alejandro Dumas, memorias que aparecen también
en una edición completa de las obras del novelista.
A pesar de este título promisor de autenticidad, las memorias
verdaderas de Garibaldi están ahogadas entre trestimonios
orales de sus amigos y citas de libros en su elogio. Dumas conocía
mal el italiano, lo que no le impidió tarducir el texto garibaldino;
la elocuencia firme y concisa de este último sufrió
con ello bastante
El pasado sudamericano de Garibaldi forma por sí solo las
tres quintas partes del conjunto de los dos volúmenes. Está
ilustrado con una amplia transcripción de la Nueva Troya
introducida mal o bien con algunas correcciones y algunos cortes.
A decir verdad, la historia maravillosa del Uruguay con los charrúas
y Jorge Pacheco, los contrabandistas y José Artigas, es bastante
extraña a la biografía de Garibaldi y a sus memorias.
Pero Alejandro Dumas, que no pudo resignarse a sacrificar esos trozos
de bravura muy necesarios por otra parte para inflar sus dos volúmenes,
se excusa por ello: Esto pasaba cincuenta y ocho o sesenta años
antes de los acontecimientos a los cuales va a encontrarse mezclado
Garibaldi, pero nosotros somos autores dramáticos ante todo
y no podemos habituarnos a no iniciar nuestro drama con un prólogo.
El largo prólogo del drama abreviado de la liberación
de Italia, es pura y simplemente la Nueva Troya donde el retrato
de Garibaldi se enriquece con algunas anécdotas: aquí,
una palabra del general Paz después del combate de los legionarios
italianos en la Bayada: “Se han batido como tigres”,
se le dice –“no es asombroso”, responde, “están
mandados por un león”; allí, una visita del
almirante Laîné a Garibaldi en su casa montevideana
abierta a todo el mundo y particularmente al viento y a la lluvia.
El comandante de la escuadra francesa debe felicitar al héroe
del combate de San Antonio sin verlo, tan obscura está la
humilde pieza por falta de velas. Se cita una hermosa carta del
almirante donde son bien puestas en evidencia las cualidades de
Garibaldi: su inteligencia, su intrepidez en el combate, su sencillez
y su modestia.
Al final de la traducción directa donde una parte de las
Memorias donde Garibaldi relata sus aventuras heroicas y trágicas
del Brasil, de la Argentina y del Uruguay, y después de la
transposición de la Nueva Troya, Alejandro Dumas se siente
feliz de citar este magistral retrato de su amigo por el suizo Gustavo
de Hoffstetter. El héroe con sus fieles acababa de abandonar
Montevideo sitiada, para intentar libertar a Italia, y es como jefe
sudamericano que surge en Roma en 1849:
En el momento en que daban las seis, el general apareció
con su estado mayor y fue recibido por un trueno dew vivas; yo lo
veía por primera vez: es un hombre de talla mediana, de rostro
quemado por el sol, pero con líneas de una pureza antigua;
está montado en su caballo tan calmo y firme como si allí
hubiera nacido; de debajo de su sombrero de anchas alas de presilla
estrecha adornado con una pluma negra de avestruz, sale un bosque
de cabellos; una barba rojiza le cubre toda la parte baja del rostro;
sobre su camisa roja tiene echado un poncho americano blanco forrado
de rojo como su camisa. Su estado mayor llevaba la blusa roja y
más tarde toda la legión italiana adoptó este
color.
Detrás de él galopaba su palafrenero, un negro vigoroso
que lo había seguido de América; estaba vestido con
un manto negro y armado con una lanza de banderín rojo.
Todos los que habían venido con él de América
llevaban en el cinto pistolas y puñales de un hermoso trabajo;
cada uno tenía en la mano un látigo de piel de búfalo.
Aparte de la figura central de Garibaldi, Alejandro Dumas no tuvo
el gusto, o más exactamente no se tomó el tiempo de
seguir a los otros personajes de la Nueva Troya en la época
que separa la publicación de ésta y su interpoblación
en el texto “traducido” de las Memorias de Garibaldi.
Parece lamentarlo de vez en cuando.
En 1859, hacía nueve años que Artigas había
muerto, pero Dumas, que no tiene ya a su lado un documentador avisado,
no se atreve a afirmarlo: En la época en que el general Pacheco
me daba estos detalles, Artigas tenía noventa y tres años
y vivía en el Paraguay. Después de entonces, ¿habrá
muerto?
Hacía siete años que Manuelita Rosas se había
casado en Inglaterra con Máximo Terrero, ex secretario particular
de su padre, pero Dumas añade simplemente a su retrato primitivo
de la joven: no se había casado, o más bien no se
había casado todavía en 1850, época en la que
la perdimos de vista.
Sin embargo suprimió esta alusión al hermano de Manuelita,
con la cual terminaba el primer capítulo de la Nueva Troya
original:
Rosas tiene, además, un hijo; este hijo se llama Juan, pero
no cuenta para nada en el sistema político de su padre. Es
un muchacho espeso, de una figura vulgar, un año o dos más
joven que Manuelita, que no es todavía conocido, y que probablemente
no lo será nunca, a no ser por sus costumbres perdidas y
sus groseros amores.
Reemplazó este pasaje injurioso por un elogio de una nieta
de Rosas, hoy casta esposa, feliz madre, llevando, en la persona
de su marido, un nombre honorable y honrado.
Parece que una intervención personal llevó a Dumas
a esta rectificación. Descendientes y parientes del dictador
argentino vivían en París bajo el Segundo Imperio,
en particular los hijos de este Juan Rosas y el general Mansilla,
uno de los personajes más notables de la importante colonia
sudamericana de la época. Un Mansilla había sido el
héroe de Obligado en 1845 y su mujer era esa hermana de Rosas,
Agustina, cuya belleza resplandeciente es alabada al comienzo de
la Nueva Troya, con las de Pepa Lavalle y Martina Linche.
Estos añadidos y retoques no cambian sino muy poco la trama
de la Nueva Troya primitiva. Es hasta extraño comprobar que
Alejandro Dumas no haya tenido en cuenta, ni siquiera rápidamente,
esos acontecimientos esenciales sobrevenidos en 1851 y 1852: la
capitulación del general Oribe bajo los muros de Montevideo
por fin libertada; la derrota de Rosas por la Triple Alianza constituida
por el Brasil, el Uruguay y la provincia argentina de Entre Ríos;
el fin de su larga dictadura y su partida para Inglaterra donde
morirá recién en 1877, algunos días antes de
sus ochenta y cuatro años.
Si
Alejandro Dumas no parece casi haber seguido los acontecimientos
políticos rioplatenses después de 1850, conservó
sin embargo el recuerdo de amistades contraídas precisamente
a causa del éxito de su pequeño libro montevideano.
Es de lamentar que las Mémoires de su tumultuosa existencia
se hayan detenido mucho antes de que apareciera la Nueva Troya.
Pero el cuentista no cesó en adelante de hacer confidencias
en las que ostenta su fatuidad de hombre afortunado en amores, de
amigo generoso en su soberbia y de escritor prodigiosamente popular.
Es así que una de sus novelas breves Une aventure d’amour,
aparecida en 1856, contiene inesperadamente medio capítulo
en el que recuerda sus amistades montevideanas.
La intriga de esta pequeña obra, no induce a pensar en ello.
Una actriz muy bonita, Lilla Bulyowsky, deja un buen día
a su inofensivo marido y a su Hungría natal, con un mes y
seis mil francos que gastar, para exigir a Dumas que sea su mentor
en ese París que ella admira tanto como a él, sin
conocer a uno y al otro. Dumas encantado con una audacia semejante
desempeña lo mejor posible su papel al principio algo equívoco.
Escribe las cartas de presentación, que ella le pide, para
Lamartine, Alphonse Karr y su propio hijo, célebre por su
Dama de las Camelias; lleva a su húngara a los restautantes
de moda y al teatro para aplaudir a Rachel. Entre el escritor y
la actriz se establece una amistad amorosa que poco a poco se vuelve
amistad verdadera.
Llegado el fin del mes, Dumas acompaña a Lilla camino de
regreso, siguiendo un itinerario caprichoso a través de Bélgica
y Alemania, una Alemania soñadora y sentimental que no estaba
aún prusificada. Ameniza el viaje con amables charlas sobre
los más variados temas: consideraciones sobre el magnetismo
médico o la mejoría, cuya gloria se atribuye, de la
detestable cocina alemana; comentarios eruditos sobre la leyenda
de “Loreleiy” o los orígenes de una tradición
observada por los verdugos alemanes; disgresiones sobre el abuso
de la achicoria en el café francés o la incomodidad
de las camas en los albergues alemanes; recuerdos del suicidio de
su pobre amigo Gérard de Nerval o de una recepción
dada por el príncipe real de Prusia; largas confidencias
de ardientes amores sicilianos…
Durante el viaje Dumas se complace puerilmente en comprobar lo popular
que es a través del mundo, pue es reconocido tanto por los
jefes de estación como por los cocheros. En París,
de diez personas, cinco me saludan con la cabeza o con la mano.
En Bruselas, no eran cinco sino ocho de diez las que me conocían.
¡Entre Colonia y Maguncia una linda vienesa llega hasta besar
la mano de Lilla en el lugar en que Dumas acaba de depositar un
beso galante! El escritor saborea la admiración ingenua de
su nueva conquista, lo que lo aleja, añade –lo que
lo venga, se podría decir–, de esa fría disección
del talento…, de esa eterna negación del genio a las
que nos tiene habituados la prensa de París: cotidianos,
semanarios o publicaciones mensuales…
En el barco que remonta el Rin, todos los pasajeros miran muy atentamente
a Dumas, en particular dos parejas y un niño de siete a ocho
años que, con sus largos cabellos negros, su tez mate y sus
ojos de fuego, era un tipo viviente de la América del Sur.
El escritor reúne valerosamente palabras sueltas de español
para dirigirse al niño que querría besar, cuando oye
a una de las jóvenes señoras decir en excelente francés:
¡Alejandro, ve a abrazar a tu padrino! Turbación de
Dumas que exclama con una elocuencia a decir verdad un poco embrollada:
¡Que a Don Juan que le pedía de un lado a otro del
Mançanares fuego para encender su cigarro, Satán haya
respondido alargando el brazo por encima del río, y con el
cigarro que sostenía en la mano al extremo de ese brazo,
Don Juan haya encendido el suyo, es algo que maravilla! ¡Pero
que yo, sin sospecharlo, haya extendido las dos manos para sostener
a un niño sobre la pila de bautismo en “Río-Djaneiro”
o en “Buenos-Ayres”, es algo que yo no habría
sospechado!
La joven señora explica el misterio asombroso. No se trata
de “Río-Djaneiro” ni de “Buenos-Ayres”,
sino de Montevideo. Una vez rechazado Rosas, la ciudad quiso ponerse
a tono con la civilización europea creando establecimientos
filantrópicos y en especial un hospicio de niños expósitos.
Y bien: el niño que véis aquí fue el que estrenó
el establecimiento y vuestro nombre es tan popular en Montevideo
que le fue dado para que trajera buena suerte al nuevo hospicio.
Nosotros no teníamos hijos: resolvimos escoger uno de los
expósitos. Escogimos éste porque llevaba vuestro nombre.
Y Dumas se apresura a abrazar a su ahijado que pasa a los brazos
de su húngara y de su austríaca. Luego las manos de
los cuatro se mezclan con tan suave presión que el escritor
confiesa haber llegado al éxtasis y pasado la media hora
más dulce de su vida.
Mientras que el barco a vapor jadea al pie de los burgos del Rin,
Dumas conversa con los españoles del sur sobre sus amigos
que residen en Montevideo. Son evocados tres, y los tres muy diversos.
Un joven armero de Senlis, sobreviviente de las revoluciones de
1848, había sido recomendado por él al general uruguayo
Pacheco y Obes en misión en París. Se alegra de saber
que en Montevideo su protegido está haciendo una buena fortuna
al servicio del gobierno (1).
El segundo franco-montevideano tuvo un fin menos feliz. Se trata
de un cierto Conde d’Horbourg que se había dado a conocer
al novelista en curiosas circunstancias. Un buen día se le
había aparecido con un cinto de sable hecho en cuero de pitón
y una historia. El cinto se lo había legado su padre que
acababa de morir y su historia era la siguiente: algunas décadas
antes, el padre del novelista, entonces general, cazaba en egipto
acompañado por su ayudante de campo. Este, inadvertidamente,
pisa la cola de un pitón que se yergue y adelanta la cabeza
para morder. Pero más rápido que la serpiente, el
general apunta, hace fuego y mata al animal sin que una pizca de
plomo alcance al ayudante de campo, quien hizo curtir el cuero del
difunto como recuerdo.
Todo esto parece ser una mistificación interesada que el
buen gigante de tez morena aceptó con una filial credulidad,
como todo lo que concernía a su padre, el general mulato
de la Revolución Francesa y del Imperio que fue el primero
en llevar un nombre tres veces célebre. A pesar de todo,
no quiso recomendar al Conde d’Horbourg hijo, que había
servido en África pero que estaba embrutecido crónicamente
por el ajenjo, el general reclutador Melchor Pacheco y Obes. Éste
se lo pidió sin embargo a Dumas y lo embarcó para
el otro hemisferio con el título de oficial instructor montevideano.
Dumas se entera por sus compañeros de viaje del triste fin
de este triste héroe: dirigiendo una práctica de equitación
en las chircas de la pampa uruguaya, se le cayó el sable,
el conde descendió entonces del caballo con una cólera
tan funesta que se empaló en su sable y murió a las
tres horas.
Una verdadera emoción se apodera de Dumas cuando se entera,
por los españoles del Sur, de la muerte de un tercer personaje,
el general Pacheco y Obes. Le otorga los más grandes elogios:
el hombre más importante de todas las revoluciones montevideanas…,
muerto en desgracia como Escipión, pobre como Cincinato…,
poeta de manos abiertas por una generosa prodigalidad como Lamartine…,
orador de gran corazón y palabra inspirada como el general
Foy, el general Lamarque o M. de Fitz-James…
Dumas recuerda la respuesta del general montevideano cuando ante
los tribunales parisienses se hacían bromas sobre la exigüidad
de su república y lo ínfimo de su causa: “La
grandeza de la devoción no se mide por la grandeza de la
cosa que se defiende. Si tengo la dicha de verter toda mi sangre
por la libertad de Montevideo, habré hecho tanto como Héctor
que vertió toda la suya por la defensa de Troya.
El novelista lamenta sinceramente la desaparición de ese
gran defensor de una pequeña causa, caído en una miseria
tal que los gastos de sus últimos días y de sus funerales
fueron cubiertos por el armero agradecido. Y en seguida se embarca
en consideraciones médico-filosóficas a propósito
de los puntos negros que inyectan la retina de las personas de cierta
edad, de la gota serena que afecta la red nerviosa de la pupila;
esos puntos negros no son otra cosa que las manchas de duelo que
marcan cada una la muerte de un amigo. ¡Cuando todo queda
negro, es que la muerte viene a buscarnos a nosotros también!
Después de lo cual hacen irrupción inglesas armadas
ya de plumas, de lápices y álbumes para someter a
Dumas a las torturas de la autografomanía. Y los recuerdos
montevideanos se borran mientras que el novelista, de temperamento
ardiente a pesar de los cincuenta, observa en lo vivo las consecuencias,
desastrosas a la larga, de la pronunciación de la th para
los lindos labios de las jóvenes inglesas.
Este curioso capítulo de Une aventure d’amour no debe
haber sido para Dumas sino un eco pasajero, sucesivamente jubiloso,
enternecido y emocionado, de la Nueva Troya.(*) «Introducción»,
«Primera parte–Presentación de la “Nueva
Troya” y de las obras de Alejandro Dumas que se relacionan
con ella», y notas. 200 ejemplares. Sin pie de imprenta, Buenos
Aires, 1942 (Trad. de Isabel Gilbert de Pereda).
(1) El general Pacheco y Obes hizo las cosas magníficamente.
En los archivos de Andrés Lamas, representante del gobierno
de Montevideo ante el Emperador del Brasil, hemos podido encontrar
una carta del general fechada en París, el 5 de agosto de
1851, en el cual le recomienda calurosamente al Mayor Bertonet,
uno de los primeros armeros de París, para dirigir el taller
de armería de nuestra Maestranza Militar y hacer así
de Montevideo la primera armería de América. Bertonet
no fue ingrato con Dumas. Durante uno de sus viajes a Francia fue
personalmente a reembolsar al novelista algunos miles de francos
que éste le había prestado, añadiendo en calidad
de intereses una magnífica piel de oso.