No
ha sido un espectro el autor de “Los Cantos de Maldoror”;
no ha sido un espectro que después de dictar a un médium
ese libro de horrores, majaderías y genialidades, se volvió
a las sombras y calló para siempre. No: ha sido un hombre.
Treinta años ha, Rubén Darío, clasificando al
conde de Lautréamont entre sus “raros”, comenzaba
diciendo: “su nombre verdadero se ignora”. Y después
de explicar los temibles “Cantos”, agregaba: “de
la vida de su autor nada se sabe”.
Hoy se conoce el nombre de Lautréamont, que, a pesar de eso
será siempre el conde de Lautréamont y no Isidoro Luciano
Ducasse; y se sabe de su vida lo suficiente para emprender el completo
esclarecimiento.
De nada valía el haberse publicado hace poco (“Révolution
Surréaliste”, número del 15 de enero de 1925),
el acta mortuoria del inhallable. Se seguía dudando. Referíase
el acta al “hombre de letras, de veinticuatro años de
edad, nacido en Montevideo (América meridional) y muerto en
un alojamiento de París, calle del Faubourg-Montmartre, núm.
7”. ¿No estaba hecho de escurrimiento y despistes este
conde? ¿No era todo él rodeos por obscuras y tortuosas
callejas, igual que un criminal fugitivo, con lo que hacía
más culpable ese su libro, dejado de prisa, lejos de París,
como el cuerpo de su delito?
Esta forma de desaparecer se ignoró durante medio siglo. Hoy
no sólo se prueba que es cierta, sino que el muerto tuvo real
vida y crianza en Montevideo, como lo declara en el primero de sus
cantos. Esas revelaciones se nos hacen en un libro escrito en francés,
“Lautréamont & Laforgue”, y publicado recientemente
en Montevideo. En ese libro, sus autores, los hermanos Guillot-Muñoz,
con documentos, ilustración y cierto método dignos de
buenos críticos, estudian la obra de los dos poetas franceses
nacidos en el Plata.
Los Guillot-Muñoz nos transcriben la partida de nacimiento
del conde, hallada en el Consulado General de Francia, y nos ofrecen
un facsímil de su fe de bautismo efectuada en la Iglesia Matriz.
No fue, la de su lugar de venida al mundo, una de sus mistificaciones,
como se creyó.
Isidoro Luciano Ducasse (el conde de Lautréamont), nació,
incuestionablemente, en Montevideo, el 4 de abril de 1846, y recibió
el agua de la sagrada pila un año y medio después.
Dado el misterio que rodeó la vida del conde de Lautréamont
y la intriga que ese misterio creaba y sigue creando en sus comentadores,
las comprobaciones últimas son de primera importancia. Pero
tras ellas no rastrean mayormente los Guillot-Muñoz. Y si rastrean,
no logran hacer muchas luces. En cambio, entregándose a evocar
costumbres y lugares del tiempo en que vivió el Conde, y que
no fueron los habituales de éste, se satisfacen afirmando que
la teoría tainiana sobre la relación del ámbito
y la obra ha caído en desuso.
Pintoresca y exacta es la evocación medio gaucha que hacen
de cierta cercanía de Montevideo durante el sitio de los rosistas
y después del sitio. Ella, cierto es, no cuadra a la realidad
permanente del lugar en que se crió el Conde y que los Guillot-Muñoz
no ignoran. Este lugar fue completamente civil y marino. El mar, constantemente
el mar rodeó la vida material del joven hambriento e insaciado
de infinito. Y el mar y sus monstruos, el mar y sus tragedias, cuando
no inspiran las páginas más salientes de los “Cantos”,
entre ellas la antológica “Al viejo océano”,
aparecen evocados momento por momento.
Sin duda, costumbres brutales y a veces crueles debieron impresionar
al niño idealista, si se alejó del hogar. El hombre
haría, luego, contrastar la visión de seres vasi angélicos,
como los genios de la tierra y del mar, cernidos en regiones etéreas,
“alimentados de las más puras esencias de la luz”,
con esos otros llamados humanos “que se degüellan entre
sí en los campos de batalla y se alimentan de seres llenos
de vida como ellos y colocados algunos grados más abajo en
la escala de las existencias”.
De este último delito, que pertenece a la humanidad y que la
humanidad purga fatalmente de vario modo, tuvo sin duda el Conde la
sensación directa en su misma patria de origen, carnívora
entonces más que lo es hoy.
Pero los aspectos morales del libro corresponderían (si es
que a pesar del “desuso” sigue rigiendo la teoría
de Taine), a un ambiente también moral, acaso familiar, necesariamente
muy íntimo, subjetivo. Y reconocemos, y reconocerán
los autores de “Lautréamont & Laforgue” que
para un buceo en estas aguas nos hallamos por ahora sin escafandras
y sin siquiera las sondas que, echadas un día, quizá
no toquen verdadero fondo.
Entretanto, hay que ordenar los datos que se obtengan. Los Guillot-Muñoz
gustan del indicio verosímil, de la comprobación, de
la reconstrucción verídica. Ni aún antes de advertir
los rastros que hoy nos muestran hubieran ellos declarado lo que Gómez
de la Serna, en el prólogo de la edición castellana
de los “Cantos”; quien, ante el embrollo de los despistes,
“prefiero, dice, la verdadera mistificación, sin aire
erudito de Boletín de Academia”.
Pero la era de las mistificaciones respecto al poeta infernal ha llegado
a su crepúsculo, y aún muere la de las agudas y bellas
conjeturas, con las mismas de Gómez de la Serna, que pintarían,
radiante, la fantástica puesta legendaria.
Hoy sabemos que el conde de Lautréamont fue de carne y hueso;
respiró, se movió y se hizo hombre en Montevideo, hasta
pocos años antes de publicar su libroespantable; su casa vetusta
existe aún, a la espera, acaso, de que se la reconozca antes
que la proyectada Rambla Sud arrase con ella; los libros, clásicos
y románticos, aquellos que fueron su leche literaria, podrían
nombrarse.
Recomencemos. El conde de Lautréamont fue hijo único
del legítimo matrimonio Francisco Ducasse-Celestina Jacoba
Davezac. El señor Ducasse desempeñó muchos años
el cargo de canciller de la legación francesa en Montevideo.
Fue hombre sociable, de singular cultura. A estar a lo que afirman
los Guillot-Muñoz, durante una como laguna en esa existencia,
realizó viajes a lo Marco Polo por el corazón de América
del Sur, y un fracaso en cierto negocio de maderas quebrantó
seriamente su fortuna. Quiso dedicarse a la enseñanza, y, de
vuelta, en Montevideo, explicó filosofía comteana en
una academia de su fundación que duró poco. Murió
en la indigencia.
¿En la indigencia? No, señores. Esto sería muy
bello siguiendo el gusto melodramático. Y ganas nos dan por
este dato y otros, de retirarle a los Guillot-Muñoz el título
de verídicos que nos hemos apresurado a concederles.
Y es que en este punto de la indigencia creemos más al señor
Prudencio Montagne que a los Guillot-Muñoz.
El señor Prudencio Montagne (San José, República
del Uruguay), es tío del que redacta esta crónica, por
él promovida al enviarnos, anotado en sus márgenes,
el libro de los Guillot.
“Murió (Francisco Ducasse) en 1887, en la más
extremada indigencia”, afirman los Guillot. Y a esta afirmación,
anota mi señor tío: “Esto es completamente falso.
Se alojaba en el Hotel de las Pirámides, y dos días
antes de morir me hallaba yo con él, tomando mate en su habitación”.
Ante esta marginalia enviamos un cuestionario a nuestro tío.
Él lo llenó. Y aquí está lo que puso:
“Ducasse nunca estuvo necesitado ni menos en la indigencia.
¿Puede llamarse indigente a quien muere en un hotel de primer
orden y goza hasta el último momento de su servicio?
”Vestía siempre traje negro de levita y galera de felpa.
Estaba jubilado como canciller del consulado francés, y creo
que tenía dinero en el banco de Londres.
”Siendo yo niño, M. Ducasse vivía en la calle
Camacuá frenta a la Brecha, en casa que existe aún,
antiquísima. Recuerdo mis paseos con mi padre y M. Ducasse,
hasta la plaza Artola. Entrábamos en la cervecería Thiebaut.
Ese paseo lo realizábamos todos los domingos, después
que M. Ducasse compartía nuestro almuerzo, en casa. No iba
con nosotros Isidoro (el Conde). Tal vez estaría en un colegio
o no lo sacaría su padre, temiendo las diabluras que podría
hacer por las calles. También podría haberlo mandado
a Francia, a estudiar.”
(Estos paseos duraron hasta 1867, fecha en que se da al Conde ya en
París).
“A causa de mi pupilaje en el Colegio Inglés, no supe
nada de M. Ducasse entre los años 1868-1874. Por esta última
fecha se instaló en Las Pirámides, y entre ambos debió
realizar su viaje o sus viajes. Quizá haya ido a Francia a
saber del hijo. Porque respecto a viajes americanistas (viajes de
estudios precolombinos atribuídos por los Guillot-Muñoz),
me extraña muchísimo que nunca me hubiera hablado de
ellos y de los escritos que dicen escribió sobre esa materia,
sabiendo, como sabía, que yo me interesaba tanto en ella.”
(Nuestro tío Prudencio es un precursor del actual incaísmo.
Lo prueban sus yaravíes, el pedestal de la estatua de Artigas,
en San José, estilo americano autóctono… y los
nombres de sus hijos Atahualpa, Lirompeya, Gualconda…)
“Cuando murió Ducasse tenía yo treinta años.
Hasta entonces iba yo al hotel una o dos veces por semana, a eso de
las cuatro de la tarde, a tomar mate con él, cebado por mí.
Éramos dos grandes materos. Murió dos días después
de mi última visita. El dueño del hotel, M.Haurie, me
lo hizo saber, y le mandé una corona de flores que fue la única
que tuvo el finado.
”Mi actuación firme con Ducasse fue de 1875 a 1888, época
en que murió. Durante ese tiempo sostuve con él una
amistad franca y constante. De tiempo en tiempo lo llevaba a pasear
al Buceo. En uno de esos paseos le saqué la fotografía
que le remito.”
(Casi diluído el rostro, en esa fotografía aparece el
anciano descubriéndose, su chistera en la diestra, viva la
expresión casi picaresca. El ademán es naturalmente
gentil. Parece que dijera: –No crean ustedes: sé que
por esta fotografía y debido a mi hijo pasaré a la posteridad.
Pero no crean, señores, que tenga yo algo que ver con el hórrido
libro que él cometió. Es una de las mil travesuras de
las suyas. Yo seguiré siendo la amable persona que en vida
fui, tal como aquí me ven.)
Ducasse fue casado, pero parece que su mujer murió al poco
tiempo de nacer Isidoro (el Conde), o por lo menos antes de mis paseos
referidos. Respecto de ella no sé nada. No la conocí,
no existía n mis tiempos… En cambio conocí a Isidoro
Luciano Ducasse (el conde de Lautréamont), a quien llamaban
Isidoro. Lo conocí desde que yo tenía seis años,
en 1864, y él unos diez y ocho. Vivía en la casa paterna
de la calle Camacuá frente a la de Brecha.”
(Esa casa tiene actualmente el número 544).
“Era Isidoro un muchacho –en esa época éramos
muchachos hasta los veinte años– lindo pero sumamente
travieso, barullero e insoportable.
Nunca oí hablar a nadie de las obras literarias de Isidoro.
Si él las publicó entre 1868 y 1870, , tendría
yo de diez a doce años. Entonces, ni cuando fui hombre, repito,
oí hablar de esos “Cantos”. Lo único que
me dijo una vez Ducasse fue que Isidoro había muerto el 70.
Yo creí siempre que hubiera sido en la guerra.”
El cuestionario llenado por Prudencio Montagne concluye diciendo que,
a pesar de su trato contínuo con Francisco Ducasse, ignoró
“las fatigas de sus viajes y las crisis periódicas de
paludismo” que le atribuyen los Guillot-Muñoz.
Esta declaración y las anteriores sobre el silencio respecto
a la literatura del hijo, son de atenderse y cotejarse con otras sobre
los mismos puntos hechas por los autores de “Lautréamont
& Laforgue”.
Pero está de Dios que ante el Tribunal del proceso Lautréamont
han de comparecer otros seres tan ajenos a él como nuestro
señor tío. Uno de esos otros seres es nuestra señora
madre.
–¿No decías tú que en el taller de papá
fueron depositados los libros de M. Ducasse?
Nuestra madre nos repite que sí y nos refiere el caso.
–M. Ducasse le pidió ese servicio a tu padre. Era el
70, me parece. Ducasse tenía que irse de viaje. Los libros
fueron puestos en una “chapelière” verde: un baúl
mundo. Y no estaba de más, te lo aseguro, porque era cosa tremenda
los libros que había. Yo me los fui leyendo todos, uno tras
otro, después que metía a los chicos en cama: Molière,
Racine, Chautebriand, Corneille, Voltaire, Rousseau…
Con esta referencia a los libros de la primera cultura literaria del
conde de Lautréamont, alguno de los cuales cita en su carta
al editor (De la Serna, prólogo a los “Cantos”),
terminan nuestras revelaciones sobre “el montevideano”.
El Conde, en sus “Cantos”, se llama a sí mismo
el montevideano.
Y ¿a qué se debe que estos cantos en prosa, puestos
con razón en el index de la prudencia humana cobren hoy una
boga que nunca han tenido?
No se debe a su concepción de conjunto, que, aunque maldita,
es genial; ni acaso al mismo impulso de su estilo, que a veces cobra
extraordinario vigor: se debe a que sus expresiones parciales y el
caudal ilustrativo utilizado en ellos (todas las novedades de las
ciencias y toda la modernidad) corren parejas, medio siglo después
de esparcidas, con algunos “ismos” de las últimas
generaciones literarias. Ya se sabe que cada nueva generación
lanza sus “ismos” y forma escuela, con lo que se habilita
para proclamar que ha cogido el mundo en la mano.
El “sobrerrealismo” nombra al conde de Lautréamont
su jefe o cosa así. El cubismo también lo da como uno
de sus precursores y gran maestro, debido quizá a lo que Lautréamont
reconoció en el cubo, al final de esta oración que tiene
un mérito mucho más serio que ese, y es el de definir
el propio carácter del autor de los “Cantos”: “Si
tienes una inclinación señalada por el caramelo (¡admirable
farsa de la Naturaleza!), nadie lo concebirá como un crimen;
pero aquellos cuya inteligencia, más enérgica y capaz
de más grandes cosas, prefieren la pimienta y el arsénico,
tienen buenas razones para obrar de ese modo, sin sentir la menor
intención de imponer su pacífica dominación a
los que tiemblan de miedo ante una musaraña o ante la expresión
parlante de las superficies de un cubo.”
Pero se querrá saber qué son al fin esos “Canros”.
Y en verdad que ya es tiempo de que lo digamos, o, lo que será
mejor, que hagamos que lo digan quienes lo hicieron admirablemente.
Habla Darío:
“León Bloy fue el verdadero descubridor del conde Lautréamont.
El furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas
del alma del Job blasfemo.
”… No se trata de una “obra literaria” sino
del grito, del aullido de un ser sublime martirizado por Satanás.
”…Con quien Lautréamont tiene puntos de contacto
es con Edgar Poe. Ambos tuvieron la visión de lo extanatural,
ambos fueron perseguidos por los terribles fantasmas enemigos…
ambos experimentaron la atracción de las matemáticas,
que son, con la teología y la poesía, los tres lados
por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas Poe fue celeste, y Lautréamont
infernal.
”… Los clamores del teófobo ponen espanto a quien
los escucha. Si yo llevase mi musa cerca del lugar donde el loco está
enjaulado vociferando al viento, le taparía los oídos.”
Habla Ramón Gómez de la Serna:
“Estos cantos están cantados desgarradoramente bajo el
apremio y la amenaza de la muerte. Tienen una risa que quiere borrar
la fatalidad. Indagando muche en ellos se podrá encontrar el
bacilo terrible. Es probablemente Lautréamont el tuberculoso
que en vez de apocarse encuentra en la combustión precipitada
y voraz de su vida la exaltación generosa de las crueldades
humanas, de las más privadas angustias, del pavoroso instinto
de estrangulación con que nos contagia la muerte que nos estrangula.
”… Debemos ser rudos y cabales, gracias a estas exaltaciones
en que se pierde el miedo.
”… Este libro es impar y único.
”… Cada obra de arte debe batir un récord y tener
la plenitud de dominio que ésta tiene.
”… El mismo Gourmont no la comprendió porque cree
en la locura, y aunque se ve que la comprende, no le basta eso para
ahorrarse esa palabra falsa, ya que Lautréamont es el único
hombre que ha sobrepasado la locura. Todos nosotros no estamos locos,
pero podemos estarlo. Él, con ese libro, se substrajo a esa
posibilidad, la rebasó.
”Para dulcificar su suposición, pero a contrapágina
de ella, señala Gourmont que puede ser un “ironista superior”
y señala una cualquiera de sus ironías, cuando todo
se ve que está escrito entre la ironía y la verdad,
todo monstruoso y supremamente consciente.
”… Tiene una cosa sagrada, ímproba, de rebelión
sensata, de revolución por el insulto, que hace aparecer a
Lautréamont el segundo redentor que aún está
en los infiernos.”
Habla Paul Dermée (y lo hace refiriéndose también
al segundo y póstumo libro de Lautréamont):
“Es necesario mostrar la unidad profunda de la obra de Lautréamont,
cuyos dos libros son dos aspectos opuestos, pero perpendiculares al
mismo eje. Ese eje es, a no dudarlo, “el problema del Mal”.
En los “Cantos de Maldoror” lo ilumina ese léxico
sorprendente que, según él decía, “se nutría
de las pesadillas espantosas que atormentan mis insomnios”.
En las “Poesías” flagela a todos los falsos ídolos
del partido del mal, tan dignos de odio como las divinidades hipócritas
del partido del bien. Lautréamont no fue nunca, sin embargo,
un moralista de discurso académico. Es el azote terrible de
un dios apasionado de perfección.”
Habla Alberto Lasplaces:
“No se sabe si los “Cantos de Maldoror” es la obra
de un cerebro extraviado y doloroso o la de un espíritu aristocrático,
ahito de las vulgaridades corrientes, que se venga de un modo atroz,
o la de un genio satírico lleno de amargura que alza su brazo
sobre la humanidad y deja caer sobre ella toda clase de inmundicias.”
Hablan Álvaro y Gervasio Gillot-Muñoz:
“El más allá de la conciencia de Maldoror hállase
unido por lazos equívocos a la realidad deformada.
”… Entre la mezcla de realidad y bajeza, de escrúpulo
y descuido, se adivina en Lautréamont cierto gusto por la experimentación
científica.
”… Esa capacidad para asir el principio del mal, esa manera
de sugerir que la carne y la naturaleza humana son abominables, algunos
giros de su espíritu refinado y feroz, hacen pensar en un herético
del gnosticismo.”
¡Ah, pero cuán difícil es dar idea de los “Cantos”!
Trátase de un mundo creado con lo negro de la existencia y
el hurgueo que allí obstina el ángel que había
en Lautréamont. ¡Un furioso, incesante revolver la pulpa
de la tiniebla hedionda hecha de monstruos entrelazados! Los monstruos
se sueltan, nos afrontan, nos acometren. A veces son héroes
de crímenes sin ejemplo; otras, verdugos de suplicios que llamarlos
dantescos es dar flaco indicio de ellos. Esas pesadillas, esas visiones,
esos delirios se hacen lúcidos y vívidos hasta enceguecernos
y aterrarnos. Y estallan de la boca del ángel las blasfemias.
Son blasfemias cuyo grotesco sobrepasa a toda suposición. Y
ábrense a nuestros pies los círculos vertiginosos del
loco razonante, o se opone a nuestra marcha el vacío, por trechos,
condenándonos a un estertor interminable, más torturante
cuanto que la angustia es moral y parece la del remordimiento.
Son esos cantos la obra de un tremendo vengador, furioso y frío.
Vengador ¿de qué ofensa, de qué nefando ultraje,
inferido por nosotros, sus hermanos? ¡Oh Dios de misericordia!
Cuando vais a arrojar el libro contra el muro, a colmo de asco y de
irritación; cuando vais a arrojarlo para rechazar el sarcasmo,
la idiotez, el absurdo, tanto más “hirientes y abominables”
cuanto que se ven que están hechos adrede para vuestra repulsión,
una imagen límpida y opulenta, de gran belleza, os detiene,
paraliza vuestros ímpetus, como el puño de un dios una
cuadriga desbocada.
Los críticos que maldicen los “Cantos” quisieran
aniquilarlos, borrarlos en lo eterno a toda posibilidad siquiera de
comento.
No. Si algo sabemos de lo intenso y desconcertante del vivir, protegemos
ese libro, maravilla de espantoso fruto, de un fruto que nos brinda,
al morderlo, el jugo último de la tragedia, sustentador de
las raíces mismas del ser.
Los que los alaban dijérase que querrían mostrárnoslos
como ejemplo de placentera amenidad. No: no son los “Cantos
de Maldoror” un collar de baratijas estéticas para la
disertación ociosa y presumida. No son sensualidad verbal,
aunque tal parezcan: son alma en su fibra originaria.
Nietzsche, quienes sean, pudieran razonar el problema del mal. Lautréamont
lo vivió: fue la emoción palpitante, sangrienta de ese
problema.
Por eso… ¿creyó o no creyó en la “expiación
providencial”? ¿Descuidó o no descuidó
las “contigencias de las quimeras maléficas que se ciernen
sobre los malditos”?
¡Inaudito modo de suicidarse el de Lautréamont, si admitía
el rebote en lo espiritual, más certero que el de la pelota
vasca en el frontón!
En los cantos finales se jacta de su poder hipnotizante.
¡Pobre basilisco!
Porque Lautréamont, creador de seres desmesurados o deformes
que llegarán a ser mitológicos, es el fabuloso basilisco.
¡Pobre basilisco, cantando a la sordina su potente arrullo con
que “idiotizarnos”, fijo su solo ojo en nosotros, a fin
de que la mirada acerada y cariciosa que destila veneno, nos clave
hasta el alma su estilete inyectador!
El espejo de su conciencia devolvióle, hundió en él
mismo, la mirada que da la muerte.
Darío, católico visionario como despierta desde el fondo
de su gran paganismo, está en su linea al creerlo, con la tradición
de la Santa Madre Iglesia, un poseso.
“No aconsejaré yo a la juventud –dice– que
se abreve en esas negras aguas, por más que en ellas se refleje
la maravilla de las constelaciones.”
Y murmura esto muy por lo bajo, temeroso de ser oído por Lautréamont.
Y es que olvida que el mismo Lautréamont, conocedor del maleficio
de sus cantos, no exacerbado aún en la carroña hasta
anularse para el bien, graba en la entrada de su libro esta advertencia:
“Quiera el cielo que el lector, envalentonado y sintiéndose
momentáneamente feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse
su camino abrupto y salvaje, a través de los pantanos desolados
de estas páginas sombrías y llenas de veneno; porque
de no emplear en su lectura una lógica rigurosa y una tensión
de espíritu igual por lo menos a su desconfianza, las emanaciones
mortíferas de este libro empaparán su alma como el agua
empapa el azúcar. No es conveniente que todo el mundo lea las
páginas que van a continuación; sólo algunos
saborearán este fruto amargo sin peligro. Por consecuencia,
alma tímida, antes de internarte más en semejantes páramos
inexplorados, dirige tus talones hacia atrás y no hacia adelante.”
(*)
Artículo publicado en «El Hogar», Buenos Aires,
20 de noviembre de 1925 (págs. 11-12, 61-62).