Sarane Alexandrian:

André Breton - La mística de los encuentros (frag.)(*)

 

(…) No sólo del encuentro con personas hay que esperar revelaciones inquietantes sobre la vida y el destino; el universo de los objetos no es menos rico en posibilidades de este tipo, y su prospección llevó a Breton a una actividad apasionada. La mística de los encuentros implica una filosofía del hallazgo. De esta manera, privilegiaba las visitas al mercado de las pulgas de Saint-Ouen: Voy allí a menudo, en busca de aquellos objetos que no se encuentran en ninguna otra parte, pasados de moda, fragmentados, inutilizables, casi incomprensibles, perversos en la forma que yo entiendo y amo la perversidad (1), escribía en 1927. El objeto hallado es comparable a la imagen verbal; con frecuencia Breton iba a su encuentro con una idea preconcebida de lo que quería; en tal caso el placer estaba en función de la diferencia entre el objeto deseado y el hallazgo (2). El descubrimiento de una cuchara de madera cuyo mango terminaba en forma de zapato le permitió interpretar el sentido de las palabras le cendrier Cendrillon (el cenicero Cenicienta) que percibió en duermevela. Aquí el hallazgo del objeto cumple el mismo oficio que el sueño, en el sentido de liberar al individuo de de los paralizantes escrúpulos afectivos, reconfortarle, y hacerle comprender que el obstáculo que tal vez creía insalvable está superado (3). Breton establece una distinción esencial entre el hallazgo en solitario y el hallazgo de dos. Siento la tentación de decir que dos individuos que caminan uno junto a otro constituyen una única máquina de influencia latente. El hallazgo me parece equilibrar súbitamente dos niveles de reflexión muy diferentes, como aquellas bruscas condensaciones atmosféricas que tienen por efecto hacer conductoras aquellas regiones que no lo eran antes, y provocar relámpagos (4).

Lo que se ha dicho de los objetos hallados de fabricación artesanal, es igualmente válido para los objetos naturales, raíces, caracoles o piedras. Hay que admitir que los deseos de un individuo son muy oscuros, y que no es posible ponerlos por completo al descubierto mediante el análisis de sueños, antes bien se desvelan más fácilmente por su reacción ante un objeto. El hecho de que preste más atención a un objeto que a otro, la manera como lo interpreta, le permiten por inducción saber qué es lo que desea, y lo que es él. Entre todos los objetos naturales, Breton era un gran aficionado a las piedras; no dejaba pasar ninguna ocasión de ir a buscar piedras, con la misma pasión con que Jean-Jacques Rousseau recogía plantas en el bosque. Llegó incluso a escribir un texto, Lenguaje de las piedras, con el fin de codificar el método que facilitaba la búsqueda y la lectura de esta especie de aportaciones cuya propiedad consiste en ir siempre más allá de la imagen más o menos desprovista de sentido que el común de la gente se hace del mundo (5). Ante todo hay que enfrascarse en una búsqueda apasionada, no contentarse con una piedra recogida por casualidad durante un paseo. Otra cosa muy distinta es, y no me cansaré de insistir en ello, manifestar un interés lleno de curiosidad por las piedras insólitas, tan bellas como se quiera, pero a cuyo descubrimiento hemos sido ajenos y ser presa de la búsqueda de tarde en tarde favorecida por el hallazgo de tales piedras, por mucho que éstas hayan de quedar objetivamente eclipsadas por las precedentes. Entonces es como si lo que estuviera en juego fuese nuestro destino (6).

Puestos en este terreno, podemos estar seguros de alcanzar un poder de exaltación semejante al “estado de gracia” necesario para el nacimiento de la poesía. La búsqueda de piedras, al disponer de este singular poder alusivo, siempre que sea auténticamente apasionada, determina en los que se entregan a ella la rápida entrada en un estado de semiconsciencia cuya característica esencial es la extralucidez. Ésta, a partir de la interpretación de una piedra de excepcional interés, pasa instantáneamente a iluminar y abrasar las circunstancias de su hallazgo (7). Entre las piedras halladas por Breton, algunas parecían pequeñas figuras esculpidas, como las dos que tituló La Gran Tortuga y El Cacique. Para terminar, digamos que la búsqueda de piedras gana en interés si se realiza entre varios, pues cada descubrimiento adquiere un valor suplementario por comparación, y la comprensión entre los amigos que se ocupan de esta tarea aumenta en calidad.


(*) "La mystique des rencontres”, en Breton, Écrivains de toujours, Seuil, París, 1971.
Se ha tomado como fuente, asimismo, la traducción castellana de esta obra: Breton según Breton, Ed. Laia, Barcelona, 1974.

(1) Nadja.

(2) El amor loco.

(3) Los vasos comunicantes.

(4) El amor loco.

(5) Langue des pierres, en “Le Surréalisme, même”, Nš 1, otoño de 1957.

(6) Ibid.

(7) Ibid.
 
Yelmo de armadura y cuchara con zapato, hallados mientras Breton recorría un mercado de las pulgas con Giacometti (ref.: El amor loco)
Piedra encontrada por Breton en el Lot: Recuerdo del paraíso terrestre.
¿Adorno arquitectónico? Ante todo André Breton reconoció en este objeto, el último encontrado por él en agosto de 1966, el Castillo Estrellado de Praga (ref. El amor loco). Foto Radovan Ivsic (L' archibras Nº1, abril 1967).
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